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JACQUELINE ENCONTRÓ SU AMOR ANDANDO POR MADRID  

                                                         (Relato No. 8 de Refugio en la Cumbre)

Sebastian del Pilar Sanchez
Sebastian del Pilar Sanchez

Por Sebastián Del Pilar Sánchez

Jacqueline Gómez fue la segunda en la familia en viajar a España. Luego de su fracaso de adolecente, se había refugiado en Puerto Rico y más adelante, cuando sus padres compraron nuevas propiedades en Luperón, regresaría a Santo Domingo, instalándose en el sector El Morro de Villa Mella, al norte la ciudad, donde renacería su espíritu, adoquinando su mente de utopías, llenando su corazón de sentimientos y enamorándose de nuevo.

Le había llegado el momento de enterrar el pasado, enganchándose el aprecio de un joven empresario santiaguero, de nombre Arturo Espaillat Rodríguez, comprometiéndose con celeridad sorprendente para casarse y residir en Madrid, en un apartamento comprado por sus padres con criterio futurista, pensando en su nieta adolescente Yudelka y la universidad, pero que a ella les facilitarían temporalmente, impresionados por la expectativa de matrimoniarle con un hombre de familia acomodada y con futuro, y con la esperanza de que ahí se pudiera hacer realidad la expresión popular, “Matar dos pájaros de un tiro.”

Jacqueline se casaría en una radiante ceremonia familiar encabezada por los padres del novio y los suyos, que estuvo apadrinada por su hermano Fausto, y donde una jovencísima Yudelka, ignorante del secreto de su nacimiento, sería su dama de honor.

Los recién casados volarían a España, y pasarían unos días en la residencia de su tía Miriam; para luego irse a residir en un apartamento de un edificio de diez plantas, situado en una calle del elegante ensanche de Vallecas en Madrid, donde residían pocos latinos.

Este piso, aunque no era nada extraordinario, sí era bastante cómodo: con un balcón amurallado, sala, antesala, comedor, tres habitaciones y un cuarto de servicio; teniendo una vista desde el balcón que posibilitaba el dominio panorámico de la ciudad, en especial sobre la ancha avenida.

Los esposos se marginarían de la comunidad dominicana por la hostilidad contra los latinos que comenzó a palpar Jacqueline desde que descendió la escalinata del avión de Iberia que los llevó desde Santo Domingo hasta el Aeropuerto Adolfo Suárez, antiguo Madrid-Barajas; donde fue sometida a un riguroso chequeo, y observó –sin que el marido lo notara- que las autoridades de Migración detuvieron, maltrataron y humillaron a varios venezolanos en los puestos de chequeo, negándoles la entrada a Madrid; enterándose luego por la prensa que en ese año habían sido rechazados mil 400 brasileños, 950 argentinos y más de 500 ciudadanos de la patria de Bolívar que intentaron ingresar a la ciudad.

Sin embargo, aunque no fue una agresión directa hacia ella y su marido, ambos sintieron que esos registros abusivos denotaban un rechazo a los latinos.

La verdad es que esos maltratos y humillaciones -como padeció ella y les ocurre al grueso de las mujeres dominicanas al llegar a Las Barajas-, eran fruto de la encendida fobia racial contra los extranjeros, que se había agravado por el terrible asesinato -un año antes de su llegada- de una trabajadora dominicana llamada Lucrecia Pérez, de 33 años, en una acción en que también fue gravemente herido otro paisano suyo, de nombre Augusto César Vargas; víctima por igual de la intolerancia de un guardia civil español de nombre Luis Merino, que actuó enceguecido por las consignas ideológicas de los grupos extremistas que integraban las llamadas “Juntas españolas”.

Este era un proyecto político de la extrema derecha, asociado con la estrategia del ultranacionalista francés Jean-Marie Le Pen, basada en un discurso anti-inmigración de contenido xenófobo, que se planteaba ponerle un stop a la inmigración general, resaltando el slogan “Fuera los negros” y el lema “Defender a España contra la invasión de inmigrantes”. Y aunque este grupo se esforzaría en desvincularse de ese primer crimen chauvinista cometido en España contra dominicanos, atribuyéndolo a un ajuste de cuentas por tráfico de drogas; sin embargo, el tiempo demostraría la responsabilidad del ku klu klan español en esta desgracia que obligaría a los dominicanos a tomar medidas defensivas para evitar nuevas agresiones.

En la mente de Jacqueline estaría siempre el recuerdo de Lucrecia, una mujer de clase humilde cuyo único delito había sido tener muchas necesidades; asesinada luego de ser maltratada con palabras obscenas y acusaciones de ejercer la prostitución y mercadear drogas; cuando en la realidad era una inmigrante dominicana, madre de 16 hijos y oriunda de Vicente Noble, un pueblo de 25 mil habitantes de la provincia de Barahona, que había ido a Europa buscando simplemente un trabajo doméstico para ganarse el diario sustento suyo y de sus hijos.

A partir de la muerte de Lucrecia se intensificaría la tensión interétnica, y el conflicto social pasó a ser un problema de orden público, con persecuciones policiales contra los dominicanos que participaban en reuniones de inmigrantes en ciudades como Aravaca, en rechazo a la obstrucción de su estancia en España por carecer de un permiso legal de residencia.

El conflicto interracial alcanzaría a la propia Jacqueline, quien pese a su piel blanca y ojos verdes, tuvo un roce verbal con unas vecinas portuguesas del edificio donde se había mudado, provocado por sus cherchas ensordecedoras con jóvenes que se pasaban su tiempo con la radio encendida y música alta hasta entrada la madrugada.

Esta confrontación fue un motivo para dejar el apartamento, trasladándose donde su tía Miriam, también en Madrid; aunque en su deseo más íntimo quería regresar a la República Dominicana, al no sentirse a gusto en la metrópolis española, que consideraba invivible, debido al alto costo de la vida, y porque durante la mayor parte del año decía sentir un calor irritante en aquella emboscada de fuego encarnizado, que era el horno-ciudad de Madrid.

Jacqueline también recordaba haber llegado a España en un invierno, y aunque la impresión inicial de la ciudad era positiva, llenándose de regocijo la primera la noche en su apartamento junto a su marido y varios visitantes, amigos dominicanos, con quienes compartiere un brindis con sidra, escuchándoles relatar sus experiencias en la vida madrileña; sentiría pavor, mucho desánimo y depresión, con el tema expuesto sobre la temperatura en la capital –en los tiempos de frío y de calor-, dudando de que pudiera vivir cómodamente allí.

Sin embargo, a poco de su llegada, Jacqueline se paseó por la zona metropolitana, acompañada de su tía Miriam y de Arturo; visitando la Universidad Politécnica, donde se enterarían de los pasos que ella tenía que dar para matricularse, si se lo proponía.

Más luego, acompañada sólo de su tía, caminaron por toda la ciudad universitaria, anduvieron por diversas calles de aquella gran urbe apretujada y bulliciosa, ubicando el lugar de acceso en autobús y la céntrica Gran Vía, desde la calle Alcalá hasta la Plaza España, un lugar de visita obligada, considerada la preferida de los madrileños.

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Y deambularon por el parque El Retiro, el Palacio Real y la Catedral de la Almudena, tomando luego el metro, en la estación de “Cuatro caminos”, rumbo al distrito de Chamberí, cerca del apartamento donde Jacqueline estaba instalada, en un barrio de clase media caracterizado por sus numerosas plazas, parques y comercios.

A una semana de vivir en Madrid, de vuelta a la estación de “Cuatro caminos”, Jaqueline vio por primera vez al hombre por el cual dejaría a su marido. Se llamaba Felipe; un español un tanto alegre, de mirar desafiante, de baja de estatura, pelo áspero rizado, boca grande y nariz respingona; vestido con bermudas, camiseta y tenis, luciendo jovial y saludable; el cual se le acercó a ella saludándola con su mano derecha extendida, y diciéndole, a modo reverencial:

-Eres muy linda. Me gustan tus ojos verdes adorables. ¿Quién eres?
Ella quedó sorprendida por la forma tan rápida y directa de la presentación. Se quedó observando a este individuo en silencio, y le tomó su mano, que él acarició dulcemente; y la retiró veloz… sin decir palabras.

Felipe, de unos 35 años de edad y manos ásperas y rollizas, le dio una tarjeta con su número telefónico personal y el de la compañía de mercadeo donde laboraba en el área.

Y no volvieron a verse sino hasta una semana después, de nuevo en la estación; y esa vez iba vestido con cierta formalidad, camisa blanca, pantalón azul, corbata y zapatos negros. La miró sonriente y saludó con mucho entusiasmo:

-¡Hola preciosa!

-¿Qué tal? –respondió ella escuetamente.

Él, de manera audaz y directa, le reiteró su apreciación inicial sobre su belleza. En esta ocasión, haciendo alusión a sus piernas hermosas y bien torneadas. También le advirtió sobre un supuesto peligro si se internaba por un laberinto secreto de la estación del metro, que había originado increíbles leyendas y cuentos.
-¡Soy extranjera, pero no ignorante –dijo ella-. Esos relatos corresponden a lo que sucedía en una estación del metro de Ciudad México; no en Madrid.

– ¡Ah, lo sabía! –exclamó.

-¿Por qué has pretendido asustarme? –inquirió ella.

Él se disculpó por su metida de pata, y le confesó que había sido un modo erróneo de animar la conversación. Después anduvieron por la plaza de Cuatro Caminos. Y en un restaurant próximo compartieron sendas copas de vino; enrumbándose más luego hacia el parque El Retiro, donde conversarían durante varias horas de manera amena y extendida, demostrando su interés recíproco y halagándose con mucha emoción y vehemencia.

Felipe estuvo suspirando por el color esmeralda de sus ojos, correspondiendo ella a su gesto con una sonrisa deferente y constante. Al día siguiente, se vieron de nuevo temprano en la estación del metro: Él, vestido de manera formal, con un traje que hacía ver más anchas y macizas sus espaldas; y ella lo miraba curiosa, sintiéndolo más atractivo con esa sonrisa casi infantil y condescendiente que colgaba de su cara. Se saludaron con besos afectivos de mejillas.

Y emocionado él le expresó: “Sueño con besar tu boca y comerte a besos en algún momento, para alimentar mi espíritu de alegría y felicidad”. Ella volvió a sorprenderse, pero no tanto por su ímpetu; sino, por su forma suave y excitante de sugerir una caricia con su voz aguda y atenorada, moviéndose sin perder su apostura. Y le dijo: “No diga eso. No soy soltera”.

Él iba a responder, cuando comenzó a caer una lluvia inesperada y violenta, que los obligó a buscar refugio en un restaurante situado a poca distancia, aprovechando la ocasión para estar completamente solos, para besarse como estaban deseando; y encendidos por la emoción de sus besos, explorando otro refugio donde desatar sus pasiones, encontrando un estupendo parador en la avenida Reina Victoria, donde él se registró de paso ante una conserje española corpulenta, de pechos enormes, cuya rápida y desagradable mirada estremeció a Jacqueline, que sintió sus ojos rebosados de malicia, excedidos en su cara flácida, llena de manchas rojizas, averrugada, con venas acentuadas. Sin embargo, esa mujer no era un peligro para ella, sirviéndole de manera eficaz con una deliciosa comida y descorchando buen vino español para que ellos brindaran por el éxito de su primer encuentro íntimo.

Fue así que permanecieron, juntos, hasta las 6:30 de la tarde; cuando ella regresaría a su apartamento, donde le esperaba impaciente su marido, entablándose entre ellos una agria discusión. “Creo que me estás engañando”, dijo él, en un tono hiriente; y ella le respondió: “Lo honesto sería ponerle fin a una coyunda sin amor”.

-¡Sabes lo que te amo! –exclamó-. Pero si no quiere seguir conmigo, no hay problema; te dejo el camino libre.
Llegaron a la decisión de pactar el divorcio, poniendo fin a una relación bien corta, de unos seis meses. Ella se sentía liberada y lista para iniciar en secreto la relación con Felipe, que se tornaría rutinaria; mudándose él en el apartamento del ensanche de Vallecas, que se había equipado y conservado con equipos de música y mobiliarios confortables. Andando ambos desde entonces juntos todos los días, paseándose durante la época del estío con ropa liviana para descontar calorina en las tardes ardientes.

A ambos les gustaba andar despacio, para evadir el sudor; y se verían entre el público como una bella pareja de caminantes amorosos en las calles madrileñas, haciendo pausas fugaces en heladerías y puestos de frutas, cobijados casi siempre por una gran sombrilla para cubrirse del sol o la lluvia.

Un año después, se casaron y fueron a vivir a Santo Domingo, luego de haber asistido a las bodas de su hermana mayor, Charo; la misma que desde la infancia revelaba cierto retardo de pensamiento, y que logró plasmar su sueño de matrimoniarse con un agro empresario italiano, de nombre Enrico Baccarani, con residencia en los campos de Bahoruco, donde había adquirido un próspero viñedo y la fortuna le estaba sonriendo en la producción de vinos, pasas y mermeladas, con mucho futuro de exportación.