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Un país machista, racista y homofóbico

 Rosario Espinal
Rosario Espinal

Por Rosario Espinal

La primera reacción (y las subsiguientes) de muchos lectores será decir que este artículo no refleja la realidad dominicana. Que exagera y generaliza. Que este país no es más machista que otros, que aquí no hay racismo, y que los gays andan tranquilitos.

Se dirá que en este país el género no es un obstáculo para alcanzar metas, que hay mujeres candidatas a la presidencia y vicepresidencia, que los negros (y hasta los haitianos) tienen las puertas abiertas para el progreso, que Peña Gómez era negro retinto y fue un gran líder político, que ser gay es sólo una perversidad si no se busca sanación.

Para comenzar a derribar prejuicios y conductas discriminatorias, lo primero es admitir que el machismo, el racismo y la homofobia abundan en ésta y en otras sociedades, y que todos los seres humanos, en alguna dimensión, asumimos prejuicios y discriminamos otras personas por una razón u otra.

Ya el Dios de muchos los condenó al pecado y a la hoguera. ¿Casarse? ¡Oh no! ¿Tener una digna profesión? ¡Oh no! Ni siquiera la famosa pregunta ¿quién soy yo para juzgarlos? del Papa Francisco ha servido para aplacar la homofobia visceral dominicana.

Se requiere un esfuerzo inmenso, personal y social, para superar prejuicios y contener las discriminaciones. Ahí no ha llegado la sociedad dominicana.

Cuando un hombre golpea o mata una mujer en un arrebato de agresividad porque la ve como su propiedad, está siendo machista. Este país es de los primeros en feminicidios en la región. También es machista quien bloquea el avance de las mujeres en el trabajo o la política.

El machismo ha sido históricamente ventajoso para los hombres porque les ha ayudado a mantener el poder en la familia, en la economía y la política. También pueden ser machistas las mujeres si contribuyen con sus actitudes y conductas a mantener el poder tan desigual entre hombres y mujeres.
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América Latina es conocida como una región machista, y aún en este contexto, República Dominicana encabeza la región en la creencia de que los hombres son mejores líderes políticos que las mujeres (datos del Barómetro de las Américas).

El domingo pasado, en su discurso ante un grupo de mujeres, donde anunció la candidatura de Margarita Cedeño a la vicepresidencia, Danilo Medina dijo que las mujeres son más responsables que los hombres en el trabajo. Sin embargo, en su gabinete, de 22 ministros, sólo 4 son mujeres. ¿Y entonces?

Y si examinamos el equipo de campaña de Danilo Medina (el de Luis Abinader también), es territorio de hombres. Las mujeres cuentan muchísimo para los votos, pero no para dirigir cómo se consiguen esos votos.

En este país el pelo crespo es pelo malo. El desrizado llega desde la infancia. Un negro puede ser llamado negro el diablo o maldito negro, pero el blanco no es maldito ni diablo. Es más, el término negro es reservado para los haitianos. Los dominicanos son indios, trigueños, y quizás morenitos. El negro se diluye hasta en la cédula. Y para suerte de la asumida blancura dominicana, existen los haitianos; esos sí son negros.

Si las mujeres han sido subordinadas y los negros discriminados, los homosexuales son burdamente ridiculizados y rechazados. Se toleran en las comedias, en el hazme reír. Fuera de ahí son vistos como malignos, perversos, inmorales, pecaminosos. Por tanto, no tienen derecho a nada en tal condición. Ya el Dios de muchos los condenó al pecado y a la hoguera. ¿Casarse? ¡Oh no! ¿Tener una digna profesión? ¡Oh no! Ni siquiera la famosa pregunta ¿quién soy yo para juzgarlos? del Papa Francisco ha servido para aplacar la homofobia visceral dominicana.

Superar prejuicios es de los mayores desafíos que enfrentan los seres humanos y las sociedades contemporáneas. Intentarlo vale la pena, es profundamente humano y ayuda a la convivencia.

Artículo publicado en el periódico HOY