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DE BENJAMIN FRANKLIN A BARACK OBAMA:
LUZ AL NORTE DEL RÍO BRAVO
Por
Luis R. Decamps R. (*)
Benjamín
Franklin, el ilustre hijo de Boston que descolló como pensador, inventor e
inconmovible patriota durante la etapa histórica fundacional de los Estados
Unidos de América, dio en 1787 un trascendental campanazo de conciencia
humanística al aceptar en Pennsylvania la presidencia de la Sociedad para
Promover la Abolición de la Esclavitud.
Aunque la postura abolicionista de
Franklin se conocía por lo menos desde 1733 y, por otra parte, no era esa la
primera entidad de su naturaleza que actuaba en territorio norteamericano,
aquel hecho constituía un hito en la lucha contra
la esclavitud, sobre todo porque involucraba a un hombre que atesoraba la
doble calidad de ser una insoslayable referencia político-moral para sus
coetáneos y el norteamericano
de mayor renombre internacional de la época.
El borrador original de la
Constitución estadounidense de 1787 contenía una disposición abolicionista
(para ser aplicada a partir de 1808), pero finalmente tal providencia no se
hizo viable bajo la sórdida consideración de que la agricultura, que era la
base de la economía del país (y especialmente de la de los ricos estados del
Sur), dependía del trabajo de los esclavos, y en semejantes circunstancias
aún quienes objetaban el régimen esclavista carecían de voluntad y
posibilidades para orquestar un movimiento de importancia para su
eliminación.
A pesar de
que había quienes hasta se negaban a discutir el punto, la cuestión de la
esclavitud, desde los días fundacionales, siempre estuvo en una especie de
“agenda de conciencia” en los Estados Unidos: era obvio que el Norte y el
Sur de la nación, con excepciones ligeras de ambos lados, tenían
discrepancias al efecto,
y en el Congreso, más allá de las divisiones regionales o partidaristas, a
largos ratos había debates sobre el tema y se percibía una evidente
distinción entre los estados esclavistas y los estados más o menos
abolicionistas.
Las discrepancias, como se
sabe, desembocaron en 1861 en una contienda civil (Guerra de Secesión)
debido a la elección como presidente de los Estados Unidos de Abraham
Lincoln, reconocido abolicionista, y aunque la secesión de los estados
sureños fue efímera (pues resultaron derrotados y debieron capitular a
principios de 1865) la verdad es que para lograr la eliminación oficial de
la esclavitud (proclamada como “emancipación” el 11 de enero de 1863 y
consagrada en la Décimo Tercera Enmienda de la Constitución el 6 de
diciembre de 1865) fue necesario virtualmente desangrar al país.
Más aún: la sangre generosa de
Lincoln hubo de abonar la victoria de los abolicionistas (fue asesinado el
14 de abril de 1865 por un fanático sureño), y en los hechos tal triunfo no
pudo acabar ni con la segregación (que, sustituyendo a la esclavitud, se
institucionalizó en el Sur, provocando odio racial y violencia) ni con la
discriminación (que continuó en el Norte, generando abusos, pobreza y
marginalidad). Los negros dejaron de ser esclavos, pero se les tenía como
ciudadanos de segunda o tercera clase.
En el año de 1896, la
sentencia “Plessy contra Ferguson” del Tribunal Supremo reafirmaría
la increíble doctrina
de “iguales, pero separados” (a propósito de
la “Separate Car Act”, ley de 1890), legitimando la
segregación y la
discriminación, y en consecuencia
afianzando la “ciudadanía menor” de los afroamericanos. Esta decisión
judicial se convirtió en la base legal para la expansión del régimen de
separación racial en los medios de transporte, las escuelas, los
restaurantes y los servicios públicos en general. El no cumplimiento de esta
disposición podía provocar insultos, empellones, agresiones,
encarcelamientos, palizas y hasta linchamientos.
Estados Unidos fue
escenario en 1955 de dos casos paradigmáticos en su horror discriminatorio
porque causaron conmoción nacional: el de Emmet Hill, un adolescente negro
de Chicago de visita en casa de sus abuelos que piropeó a una muchacha
blanca la noche del 28 de agosto, y que por ello fue apaleado hasta morir
por dos jóvenes de Mississipi, lo que generó una ola de indignación
colectiva; y el de una costurera negra de Montgomery, Alabama, llamada Rosa
Parks, que el día 1ro. de diciembre, mientras se transportaba en
autobús, fue detenida y multada porque se negó a cumplir con el
requerimiento del conductor de cederle el asiento a un hombre blanco que
esperaba de pie, castigo que provocó que el entonces joven pastor bautista
Martin Luther King convocara a un boicot contra la compañía de transporte de
la ciudad e iniciara un proceso que concluyó con la decisión del Tribunal
Supremo del 20 de diciembre de 1956 que declaró inconstitucional la
segregación racial en ese servicio público.
Otro importante hito en
la lucha contra la segregación se produjo en septiembre de 1957 en Little
Rock, Arkansas, cuando nueve alumnos de color que iban a formar parte de un
programa piloto para la integración racial en las escuelas, a pesar de que
el Tribunal Supremo había prohibido la discriminación en las mismas tres
años antes, fueron impedidos en entrar a un centro educativo por el
gobernador del estado, Orval Faubus, quien usó a la Guardia Nacional para
ello. El día 24, luego de la intervención del presidente Eisenhower, los
estudiantes negros finalmente entraron a la escuela, aunque debieron hacerlo
escoltados por tropas militares.
En esta misma época se
intensificaron las actividades clandestinas del Ku Klux Klan, entidad
supremacista blanca creada en 1865 que, pese a su escasa aceptación general,
actuaba con gran impunidad y llegó a asesinar a varios líderes de la
comunidad afroamericana con la complicidad de las autoridades de Mississipi,
Detroit y Alabama. Si bien algunos de los culpables de estos crímenes con el
tiempo fueron objeto de sanciones penales, la mayoría de las palizas, las
agresiones y las persecuciones quedaron impunes.
En la segunda mitad del
decenio de los años cincuenta y al despuntar el de los sesenta surgieron en
todo el Sur organizaciones de lucha por los derechos civiles de los negros,
y dentro de ellas emergieron importantes líderes, como el ya mencionado
pastor bautista Martin Luther King, quien en varios años, gracias a su
coraje y a sus prédicas de resistencia pacífica, se convertiría en la figura
más descollante de todo el movimiento. King fue el orador principal de la
célebre concentración de agosto de 1963 (250,000 personas) en el National
Mall de Washington para promover la Ley de Derechos Civiles y exigir el cese
de la discriminación en las escuelas y puestos de trabajo. Aquí pronunció su
famoso discurso “Yo tengo un sueño”.
En 1964 los abanderados
de la lucha contra la segregación obtuvieron dos grandes victorias: en julio
se aprobaría la Ley de Derechos Civiles y en octubre King sería galardonado
por la Academia Sueca con el Premio Nóbel de la Paz. El reconocimiento al
pastor bautista se debió a que, aunque ya era objeto de cuestionamientos por
parte de algunos grupos radicales que no compartían sus métodos no violentos
de lucha, como el núcleo de lo que luego sería el Partido de los Panteras
Negras o la asociación de Malcolm X (asesinado el 21 de febrero de 1965),
su prestigio era cada vez más extenso no sólo en Estados Unidos sino en todo
el planeta.
Desgraciadamente, King
sería víctima de un balazo letal el 4 de abril de 1968, y con su muerte
Estados Unidos perdería al principal líder negro de los derechos civiles,
pero el ejemplo de verticalidad y de resistencia que sembró haría a la
sociedad norteamericana cada vez más conciente de la necesidad de eliminar
la discriminación racial. Por supuesto, el racismo no quedaría de ninguna
manera desterrado. No se pueden olvidar los repetidos episodios de
discriminación de los decenios de los años setenta y ochenta protagonizados
en Atlanta o en Los Ángeles tanto por ciudadanos blancos como por
autoridades policiales y estatales. Tampoco se pueden echar al saco del
olvido
los incendios de iglesias bautistas negras de 1996 en Texas y
otros nueve estados del Sur. Las raíces de la discriminación racial han sido
y siguen siendo múltiples, entreveradas y profundas en los Estados Unidos.
Sin dudas, aún hoy, en
pleno siglo XXI, entre los norteamericanos planea por doquier el pájaro
siniestro del racismo, y eso es perceptible diariamente, pero la elección el
pasado martes 4 de noviembre de Barack Obama como presidente de los Estados
Unidos no sólo constituye un verdadero acto de expiación histórica (porque
apunta hacia la reparación de errores que tienen categoría de pecados
capitales) sino también un extraordinario ejemplo de racionalidad y espíritu
libertario (no importa que fuese a la grupa de la actual crisis financiera)
de ese gran pueblo que ha levantado al norte del Río Bravo una de las más
formidables civilizaciones del devenir universal.
SABER GOBERNAR ES MANTENERSE EN EL PODER?
Por Luis R. Decamps R. (*)
En
los últimos tiempos, acaso como parte de un ejercicio de búsqueda de
legitimación moral y política que parece hijo de una crisis de talento o de
conciencia, se ha puesto de moda entre voceros y prosélitos del presidente
Leonel Fernández rememorar una viejísima e infeliz frase del profesor Juan
Bosch: “Saber gobernar es mantenerse en el poder”. Nadie
que haya estudiado o simplemente conocido la vida y el ideario políticos de
Bosch, aunque fuere a la distancia, puede asegurar que esa sentencia pragmatoide sea verdaderamente representativa de su pensamiento, y no sólo
porque fue pronunciada en circunstancias extremadamente singulares sino
también, y fundamentalmente, porque si hay alguien en la historia dominicana
del siglo XX que combatió acerbamente la filosofía del accionar político que
ella comporta, tanto en el terreno de las ideas como en el de la praxis
social, ese fue el ilustre intelectual y repúblico vegano.
Bosch
fue, desde los inicios de su vida pública, un hombre ideológicamente
avecinado a las corrientes políticas idealistas y liberales (en el sentido
dieciochesco de las expresiones), y por consiguiente defensor a ultranza de
la libertad, la pluralidad de pensamiento, la justicia social y el progreso
colectivo. No en vano, como se sabe, sus primeras incursiones en el arte de
escribir fueron en la poesía filo-modernista y el cuento de hondo contenido
social.
Esas
tendencias primigenias del eximio polígrafo de Río Verde quedaron también
patentes en su temprana rebelión de conciencia ante la tiranía trujillista,
pues aunque en algún momento se vio en la obligación de loar al temible
caporal de San Cristóbal para preservar la vida, es historia, en primer
lugar, que previamente había sido encarcelado debido a su desafección frente
al régimen imperante y, en segundo lugar, que luego tomó voluntariamente
(léase bien: voluntariamente) el camino siempre tortuoso del exilio.
Según
su propio testimonio, Bosch redescubrió el pensamiento de Eugenio María de
Hostos en Puerto Rico durante el inicio de su largo ostracismo, y se afirmó
de inmediato como su admirador y entusiasta prosélito. Y era natural. Un
espíritu antillano libre y sensible como el de Bosch, que jamás se transaría
con la tiranía y la opresión, necesariamente tenía que abrazar en aquella
época las prédicas filosóficas, políticas, sociológicas y morales del
eminente pensador y educador boricua.
Bosch, pues, y no es perogrullada evocarlo, huyó del país en su juventud en
razón de su aversión por el continuismo trujillista, se convirtió a la
distancia en un descollante líder de la lucha contra la tiranía y, durante
más de dos décadas de expatriación, brilló en múltiples latitudes de nuestra
América como uno de los más denodados luchadores contra las satrapías del
momento y como un firme e insobornable propulsor de la democracia social.
Bosch
regresó al país en 1961 para encabezar la opción democrática que encarnó el
PRD en los días convulsos que siguieron al tiranicidio, y una vez resultó
ganador de las elecciones (20 de diciembre de 1962) e instalado en el poder
(27 de febrero de 1963), se empeñó en que el país adoptara un texto
constitucional de carácter decididamente anti-continuista (artículo 123 de
la Constitución de de 1963). Más aún: el gobierno popular, liberal y
democrático de Bosch sólo duró siete meses (27 de febrero-25 de septiembre
de 1963), pues fue víctima de un golpe de Estado ejecutado por militares y
civiles ambiciosos y anti-democráticos en connivencia con una embajada
extranjera. Es decir, no se pudo mantener en el poder por el período de
cuatro años para el cual fue electo.
Es
cierto que el gran político e intelectual escribió un ensayo que pudiera
prestarse a confusión en el sentido que discutimos (“El próximo paso:
Dictadura con respaldo popular”, 1969) y que en las postrimerías de su vida
abrazó el marxismo (que en su interpretación leninista promovía un régimen
de “dictadura del proletariado” distanciado del pluralismo y el relevo
dirigencial por vía democrática), pero sus actitudes políticas siempre
evidenciaron que era opuesto a los regímenes de fuerza, además de que de sus
textos sobre temas políticos e históricos es fácil colegir su abominación
por los gobiernos dictatoriales y su indeclinable devoción por la libertad.
¿Podría, valga la reiteración, pensar y actuar como se derivaría de la frase
que da título a esta notas aquel hombre que combatió a la tiranía
trujillista durante la mitad de su fecunda existencia, que promovió el
establecimiento de un régimen político de alternabilidad democrática cuando
estuvo en el poder, que fue derrocado por una alianza de malos dominicanos
con extranjeros sin principios, que se enfrentó por años al reeleccionismo
balaguerista, y que finalmente escribió con evidente aversión contra
Santana, Báez, Lilís, Trujillo y Balaguer, los más conspicuos representantes
y defensores de la alegada legitimidad de la frase en cuestión en nuestra
historia? Obviamente, si la frase de referencia fuese representativa de su
pensamiento, entonces el fundador y líder histórico del PLD se estaba
criticando y desmintiendo a sí mismo y, como contrapartida, haciendo el
elogio de las más abominables figuras de la historia de la República
Dominicana.
Por
lo demás, si esa expresión responde a la mejor “verdad de Estado” esto es,
si ella debe ser el leitmotiv de la política partidista desde el poder, la
conclusión es más que simple: los grandes próceres de la patria (Duarte,
Sánchez, Rojas, Valverde, Luperón, Espaillat, Jiménez, Henríquez y Carvajal,
Bosch, Caamaño, etcétera) no supieron gobernar y por lo tanto estaban
miserablemente equivocados, y quienes en realidad supieron gobernar y
tuvieron siempre la razón fueron sus adversarios o contra-figuras (Santana,
Báez, Lilís, las tropas norteamericanas de ocupación, Trujillo, etcétera).
La disyuntiva parece brutal, pero es absolutamente irrefutable.
El
fanatismo no debe doblegar la verdad histórica ni el sentido ético del
devenir ni la apuesta por un accionar político decente y constructivo. Saber
gobernar no puede ser mantenerse en el poder. La expresión, formulada como
se hace, es apócrifa, amoral e infame, y por lo tanto inaceptable. En
realidad, saber gobernar es tener el oído en el corazón palpitante del
pueblo elector, y darle respuesta desde el poder a sus necesidades,
preocupaciones, anhelos y esperanzas. Saber gobernar es terminar el mandato
para el que se resultó elegido con el reconocimiento de la gente y de la
posteridad…En fin, saber gobernar es pensar y actuar como estadista: para
las presentes y venideras generaciones, no para las próximas elecciones.
La
insistencia en recordar a Bosch por esa polémica frase incidental es no sólo
un conato de estafa moral e ideológica (porque contrabandea como suyo el
ideario de sus enemigos y contradictores talvez para justificar la deserción
o la traición) sino también un imperdonable acto de perversidad política
(intenta prostituir su verdadero pensamiento y desdibujar su limpia figura
histórica para hacerle creer a la gente que “nada es nada”) impropio hasta
de sus adversarios…Y es una pena, una verdadera pena que semejante felonía
venga justamente de su antiguos seguidores.
TESTIMONIO A LA DISTANCIA SOBRE EL DOCTOR RAMÓN CEBALLOS
(Notas evocatorias
para los perredeístas de Estados Unidos de América)
Por Luis R. Decamps R. (*)
Hace casi
tres décadas, en la explanada frontal de la Facultad de Ciencias Médicas de
la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), conocí a un joven de porte
caballeroso, mirada serena y verbo pausado que, con el paso del tiempo,
habría de convertirse en uno de los más importantes líderes estudiantiles de
la más vieja casa de estudios de nuestra América.
Era
aquella la época virtualmente postrera de las juventudes rebeldes y
románticas del continente, y aunque resultaba cada vez más evidente que -por
reflejo- el fenómeno de cesación del radicalismo avanzaba arrolladoramente
entre las nuevas generaciones de la República Dominicana, aquel jóven
aún ejercía una abierta militancia progresista y, sin dejar de encarar la
cotidianidad con cierto pragmatismo de adulto, postulaba concepciones de
avanzada y hacía importantes apuestas de pensamiento.
Naturalmente, la generalidad de los muchachos perredeístas que
frecuentábamos el campus de la UASD en aquellos años éramos, todavía,
imberbes de insobornables arrestos transformadores que, siendo parte de la
membresía o la directiva de la entonces vigorosa y combativa Juventud
Revolucionaria Dominicana (JRD), soñábamos con el advenimiento de una
sociedad más justa, solidaria y libre.
La amistad entre Ramón
Ceballos y el autor de estas líneas se amamantó, pues, sobre todo al calor
de la común militancia juvenil perredeísta, y se solidificó muy
concretamente, sobre todo como expresión de colaboración y apoyo desde la
JRD, cuando él se convirtió en el máximo dirigente del Frente Universitario
Socialista Democrático (FUSD), grupo estudiantil del PRD en la UASD. En
realidad, nada de eso era extraño, pues entre los jóvenes perredeístas de
entonces, estudiantes o no, existían lazos indisolubles de solidaridad
conceptual y correspondencia política y orgánica sintetizados en el anhelo
individual o colectivo de que en el país se realizara una revolución
democrático-nacional y se edificara una sociedad socialista y democrática.
En el
ámbito partidario interno, igualmente, los jóvenes estábamos contestes, y al
efecto actuábamos, en el compromiso por la transformación cualitativa del
PRD, que considerábamos el más adecuado instrumento del pueblo dominicano
para la consumación de sus aspiraciones históricas de progreso, libertad,
justicia social y bienestar general.
En honor
a la verdad, se impone precisar que el doctor Ceballos y quien escribe en
los últimos tiempos apenas se han visto ocasionalmente, acaso a resultas de
los a veces inevitables imponderables del existir, pero por múltiples vías
(sobre todo amigos y relacionados de antaño) hemos intercambiado afectuosos
saludos y trabado conocimiento sobre nuestros respectivos laborantismos
políticos y personales.
Recuerdo
al doctor Ceballos como era entonces físicamente: de estatura procera, más
bien delgado, de tez clara, mirada penetrante, pelo oscuro prematuramente
salpicado de canas y porte solemne tras la inocultable continencia juvenil.
Era la viva imagen del dirigente estudiantil responsable del decenio de los
años ochenta.
En el
plano espiritual, Ramón Ceballos se caracterizaba
por ser humilde y maduro, a pesar de ser dueño de una gran capacidad de
análisis, y entre sus compañeros siempre hizo fama por su defensa de
determinados valores éticos y su dedicación al estudio.
Asimismo,
el doctor Ceballos, admirador y defensor radical del doctor José Francisco
Peña Gómez, era un consagrado e infatigable trabajador político, ofreciendo
constantes demostraciones de compromiso partidario, valentía y sobriedad.
Estos rasgos se complementaban con una honestidad personal a toda prueba,
una permanente postura de respeto por las diferencias y una entrañable
solidaridad con sus compañeros.
En los
días turbulentos de la lucha interna del Partido Revolucionario Dominicano
(PRD) de los mencionados años ochenta, aunque militábamos en tendencias
diferentes y por lo tanto discrepábamos en nuestras respectivas visiones
sobre el presente y el futuro de nuestra organización política, el doctor
Ceballos y quien escribe siempre mantuvieron una indeclinable amistad y una
recíproca relación de respetuoso compañerismo.
No se
puede olvidar, valga la insistencia, que aquella era la época de los
fanatismos ciegos y las discusiones virulentas, el momento histórico de las
más agrias confrontaciones entre los perredeístas, el tiempo de las
enemistades internas y las zancadillas entre antiguos amigos y compañeros, y
sin embargo el autor aún guarda en su memoria las cotidianas manifestaciones
del espíritu siempre generoso del doctor Ceballos: su permanente tendencia a
la contemporización y sus eternas reconvenciones y apuestas por la unidad.
Por
supuesto, y como era de esperarse, Ramón Ceballos
cursó exitosamente su carrera académica y se hizo profesional, como la
mayoría de los jóvenes que estudiábamos a la sazón, y con ello su vida
política y personal tomó otros rumbos: el activismo juvenil dió
paso a la obligada práctica laboral, y las horas de la bohemia militante
fueran dejadas atrás para dar paso a los compromisos de adultos en trance de
madurez y a las sagradas urgencias de la familia.
Luego de
largos años de distanciamiento involuntario, quien escribe ha vuelto a tener
contacto con el doctor Ceballos, transfigurado ahora también en editor y
analista periodístico, y ha reparado, dando seguimiento a sus escritos y
pronunciamientos públicos, en que aquel antiguo compañero y amigo de las
lides juveniles, a pesar del tiempo transcurrido y de la nieve que ya casi
cubre su cabeza, no ha variado su carácter afable y sereno, su militancia
perredeísta y su afición por los juicios políticos de rigor.
En honor
a la más estricta verdad, entre el doctor Ceballos y el suscrito no se ha
hablado del tema, pero ahora que todos hemos sido enterados -vía el
periódico que él dirige desde la Florida- de que se está nominando para la
presidencia federal del PRD en los Estados Unidos, sin dudas procede este
testimonio de amistad y parabienes, en la seguridad de que si resulta electo
en esa importante posición dirigencial partidista hará honor a su luenga
trayectoria de perredeísta íntegro y a su carácter de persona sensible y
preocupada por el destino de sus correligionarios y de nuestro pueblo.
Estoy
absolutamente convencido de que si los perredeístas de Estados Unidos eligen
al doctor Ceballos como su presidente, jamás se arrepentirán…Y esto, aunque
yo no voto allá y carezca de calidad política para trazar pautas en el
sentido apuntado, por simple deber de conciencia, al margen de la amistad,
debo testimoniarlo para que conste.
RÉQUIEM POR EL BOSCHISMO EN EL
PLD DE LEONEL
Por Luis R. Decamps R. (*)
En la primera semana de diciembre
del año de 1973, el profesor
Juan Bosch,
hasta ese momento presidente del
Partido Revolucionario
Dominicano (PRD), tras varios meses de controversia tanto
pública como detrás de los biombos, anunció su dimisión de esta última
organización política y la inmediata fundación del Partido de la Liberación
Dominicana (PLD).
El ilustre intelectual y político
vegano explicó a la sazón, para justificar su postura, que el PRD no sólo
“se había derechizado” sino que virtualmente había sido tomado por
dirigentes que únicamente pensaban en “sus intereses y ambiciones
personales”, por lo que se imponía crear una entidad nueva, con lo mejor de
aquel viejo partido, que abrazara el ideal de la liberación nacional y
asumiera la tarea histórica de “terminar la obra de
Juan Pablo Duarte
y los fundadores de
la República
Dominicana”.
La cortante posición de ruptura de
Bosch, como es harto sabido, en realidad se había estado acunando años antes
en la radicalización que experimentó su pensamiento político luego del
derrocamiento de su gobierno en septiembre de 1963 y de la guerra civil de
abril-agosto de 1965 (radicalización que entrañó más adelante la abominación
de la “mentada democracia representativa”, la denuncia del “pentagonismo”
imperialista y la asunción de la ideología marxista en su vertiente
filosófica, sociológica y metodológica) y, en los últimos tiempos, en las
discrepancias sobre el tema de las alianza y en torno al desembarco
guerrillero de febrero de 1973 que encabezó el coronel Francisco Alberto
Caamaño Deñó.
El PLD, pues, en honor a la más
estricta verdad, nació de las entrañas del PRD como la negación “dialéctica”
de éste (especialmente de sus “prácticas clientelares, populistas e
individualistas”, según se lee todavía en su sitio oficial de la Internet),
y desde sus inicios se abrazó al pensamiento anti-imperialista,
anti-capitalista, revolucionario, filo-socialista y marxista no leninista de
su fundador. Conforme a una elaboración conceptual posterior, para los
líderes del nuevo partido el PRD había “cumplido su misión histórica”.
Mas aún: el PLD, a tono con las
ideas y el ejemplo de Bosch, asumió la crítica del balaguerismo gobernante y
del “viejo PRD” desde una óptica de moralidad y pureza ideológica rayanas en
el fundamentalismo ético y político, hasta el punto de que durante muchos
años operó como una logia cuyas puertas sólo estaban abiertas para los
elegidos, pues había que superar varias pruebas de militancia marginal y de
suficiencia intelectual (venta del periódico “Vanguardia del Pueblo”,
participación en “esfuerzos concentrados” y período de educación básica y
“unificación de criterios” en un Círculo de Estudios) para acceder a su
membresía.
Desde 1973 hasta 1990, el PLD,
conducido con reciedumbre y experticia por Bosch (en compañía de un Comité
Político integrado básicamente por jóvenes intelectuales de clase media) se
caracterizó por ser una entidad partidista realmente distinta (esto es, en
nada parecida ni al reformismo ni al perredeismo ni al izquierdismo radical
de la época), y en muchos sentidos devino una escuela cotidiana bajo cuyo
signo doctrinario se formó un importante contingente de novicios dirigentes
políticos que se destacaron en la sociedad dominicana por su inteligencia,
su sobriedad, su capacidad intelectual, su apego a la moralidad y su rechazo
al pancismo, al oportunismo y al clientelismo.
El verdadero fundamento ideológico
del PLD, en el período citado, era el boschismo, pues la generalidad de las
ideas que eran transmitidas a sus miembros y prosélitos procedía del
pensamiento de su fundador (contenido en sus escritos, en sus discursos, en
sus presentaciones ante los medios de comunicación y en su praxis política).
Bosch, como ya se insinuó, se definía como marxista “no leninista”, y en sus
análisis insistía siempre en aplicar el instrumental metodológico de la
doctrina de Marx y Engels al estudio del pasado y el presente de nuestro
país a los fines de procurar una interpretación nacional. Por eso, entre
otras razones, concibió al PLD como un partido de liberación nacional en una
época en que estaba de moda fundar agrupaciones marxistas declaradamente
comunistas.
El autor de estas notas ha sostenido
que la transfiguración histórica del PLD se amamantó en 1990 con algarabía
en las oficinas de campaña de la entidad (cuando sus responsables, debido a
las posibilidades de victoria que acusaba la candidatura presidencial de
Bosch, pasaron a manejar cuantiosos recursos logísticos y financieros
facilitados por grupos de influencia para estar cubiertos “por si las
moscas” esas expectativas de triunfo se concretaban) y avanzó en la medida
en que los electos congresistas y funcionarios municipales probaban las
“delicias” del ejercicio del poder público.
Naturalmente, un nítido efecto del
inicio de la transfiguración fue el estallido de graves discrepancias
internas, al transcurrir las elecciones de 1990, que intentaron ser
parapetadas detrás de las formulaciones críticas al manejo de la estrategia
de campaña. Bosch, sin embargo, siempre directo y de acrisolada honestidad,
públicamente expuso las verdaderas raíces de la crisis interna en marzo de
1991: “…muchos dirigentes se habían contaminado de ambiciones personales”.
La realidad era más que obvia: en esta época empezó a morir el boschismo
dentro del PLD.
La crisis de conciencia que condujo
a la muerte del boschismo en el PLD fue relativamente corta (menos de cuatro
años) si se toma en cuenta que Bosch estaba vivo, y aunque en principio se
desarrolló con cierta lentitud debido a su presencia en la organización, tan
pronto él la abandonó físicamente la agonía se aceleró: sus discípulos
estaban urgidos de “superar” las “necedades” y los radicalismo de su maestro
(que se habían convertido en serios impedimentos para el acceso del partido
a las cumbres del gran poder) y tomar el camino de la contemporización y la
moderación.
Los “muchachos” que en 1973 habían
renunciado del PRD porque éste representaba “lo viejo” y ellos “lo nuevo” en
la sociedad dominicana (claro, ahora ya casi todos canutos e inclusive
algunos hasta con arrugas), desde mediados de los años noventa se sacudieron
el boschismo del cuerpo y del alma (como se hace con la molestosa polvareda
que cae a veces sobre la ropa o con los urticantes pruritos de la
conciencia) y soltaron sus amarras políticas e ideológicas (de manos de un
conocido constructor multimillonario) en dirección a quien en aquellos
momentos le podía garantizar las llaves del gobierno central: el doctor
Joaquín Balaguer,
ya “al borde del sepulcro” -según él mismo- pero todavía con una
considerable fuerza electoral en su faltriquera y con el corazón lleno de
ronchas por la impronta de malestar que le había dejado la imposición del
Pacto por la Democracia.
El boschismo murió definitivamente
en el PLD en el acto de proclamación del Frente Patriótico en el
Palacio de los Deportes
de la ciudad de Santo Domingo en el mes de junio del año de 1996 cuando el
doctor Balaguer, con el aplauso delirante de los peledeístas, le levantó las
manos al doctor Leonel Fernández y, de este modo, lo convirtió en su delfín
político del momento. En esta parafernalia simbólica también participaron el
doctor Fernández Mirabal y el propio profesor Bosch, si bien este último con
miradas, gestos y sonrisas que eran evidentes muestras de que no sabía lo
que estaba haciendo.
Con ese colorido y bullicioso
espectáculo, valga la insistencia, los “muchachos” del PLD le cantaban el
réquiem al boschismo, y lo dramático y terrible no era el montaje de la
actividad en sí misma (tan de aquí y tan nuestra, al fin y al cabo) sino que
enterraban su vieja ideología en presencia de su propio creador…Ciertamente,
era el colmo del desenfado, pero la generalidad de los dominicanos pensó
(según se infiere de los resultados electorales que le sucedieron a este
acto), como el bardo, que culpas eran “del tiempo y no de España”.
LAS VICTORIAS ELECTORALES DE LEONEL: SOMBRAS Y NUBARRONES
Por Luis R. Decamps R. (*)
En los
corrillos afectos al Partido de la Liberación Dominicana (PLD), acaso como
parte de una racionalidad de legitimación casi emparentada con el fanatismo,
frecuentemente se destacan las victorias electorales del doctor Leonel
Fernández (tres en total, en los últimos 12 años) como las pruebas más
fehacientes de la grandeza histórica de su liderazgo y, subsecuentemente, de
su alegado carácter de conductor político insustituible.
Obviamente, sería un absurdo ejercicio de ridiculez no admitir la aceptación
mediático-electoral alcanzada en el país por semejante percepción, o
intentar desconocer el carácter formalmente hazañoso de los triunfos
comiciales mencionados.
Y más
todavía: devendría burla a la objetividad no reconocer que, tras la
desaparición de los grandes líderes de la segunda mitad del siglo XX
dominicano, el doctor Fernández se ha convertido en el dominicano de más
amplias proyecciones internas y externas.
No
obstante, a la luz de los valores conceptuales (doctrina, métodos de trabajo
y estilo de hacer política) que dieron origen al partido del doctor
Fernández y de las causas defendidas históricamente por el liberalismo
dominicano (ideología, ética, institucionalidad, libertad, democracia social
e inversión estatal en las necesidades estructurales de la gente), las
victorias en referencia, debido a las singularísimas circunstancias que las
han rodeado, no parecen ser las mejores plataformas morales para la defensa
del liderazgo del actual presidente de la República.
En
efecto, los lauros electorales del líder del PLD, tal y como se ha puesto de
manifiesto de manera recurrente en cada caso, no sólo han sido hijos de
pactos (abiertos o soterrados) con grupos que encarnan la negación más
absoluta de sus orígenes ideológicos y políticos sino también de un accionar
de pragmatismo vulgar que, contrariando las grandes líneas conceptuales de
su discurso político post-modernista, ha terminado siendo fundamental en el
curso dominante de su ascendencia electoral.
No se
puede olvidar, ciertamente, que en el año de 1996 el doctor Fernández
emergió triunfante del proceso electoral a resultas de una alianza del PLD
con sus más acérrimos contradictores de siempre (los balagueristas, los
ultranacionalistas racistas, los anti-boschistas tradicionales y los grupos
generacionalmente remozados de la caverna política y económica nacional), lo
que se tradujo, en sentido práctico, en una nueva derrota del liberalismo y
en un cambio de mando y de dirección doctrinaria al interior del peledeísmo
que echaría las bases para su posterior conversión en el cálido y seguro
hogar del conservadurismo criollo.
En lo
referente a los siempre sinuosos vericuetos de la “real politik”, además,
debe recordarse que la victoria del denominado Frente Patriótico en el
citado año fue en principio amamantada en una engañifa politiquera
(confesada abiertamente como tal por un historiador y altísimo dirigente
peledeísta) que implicó, violando acuerdos previamente establecidos ante el
país, una modificación al texto constitucional destinada a establecer un
dique de contención al desbordado apoyo popular del doctor Peña Gómez: el
requisito del 50 por ciento más un voto para poder ganar las elecciones (el
llamado Pacto por la Democracia originalmente contemplaba el 40 por ciento).
En el año
2004, el doctor Fernández resultó victorioso en los comicios nacionales
esencialmente por la grave crisis financiera derivada de la quiebra
fraudulenta del segundo más grande banco del sistema (otros dos colapsaron,
pero las implicaciones fueron distintas), que fue encarada por el gobierno
del presidente Hipólito Mejía dándole protección estatal a los depositantes
e inversionistas, lo que produjo una espiral devaluatoria de nuestro signo
monetario que, a la postre, fue nodriza de una hiperinflación que golpeó
brutalmente a los grupos medios y bajos de la población dominicana y que,
por ello mismo, terminó provocando la ruina político-electoral del PRD.
Concretamente, el entonces candidato del PLD no sólo usó políticamente la
aludida crisis financiera (negando la existencia del fraude, defendiendo
tangencialmente a los banqueros inculpados y responsabilizando
exclusivamente de la misma a “la errática política económica del gobierno
del PRD”) sino que pactó abiertamente con grupos políticos y económicos que
a la larga fueron beneficiarios o defensores de las actuaciones de los
protagonistas principales de ese dramático episodio de nuestra historia
económica que nos costó más del 20 por ciento del producto interno bruto y
entrañó el aherrojamiento a la pobreza de cientos de miles de dominicanos.
En este
año 2008, el líder del PLD pudo ganar las elecciones gracias a la abierta
adopción de políticas centrales de dudosa manufactura ética: el
establecimiento con recursos públicos de una virtual “dictadura mediática”
(que desde el 2005 ya había arrinconado a la oposición sin que ésta
reaccionara adecuadamente), la puesta en práctica de una estrategia de
“captación” de adversarios (movimientos de transfuguismo y clientelismo que
generaron gran desmoralización en el PRSC y, en menor medida, en el PRD) y
el uso indiscriminado de los recursos del Estado (el “desguañangue” de la
economía nacional fue su secuela más evidente).
Esas
políticas infames, de las cuales dieron testimonio observadores dominicanos
y extranjeros, fueron complementadas con la aplicación de una estratagema
propagandística destinada a recordarle a los dominicanos la crisis del 2003
(persistiendo en la mentirosa idea de que fue producto de los yerros del
gobierno de Hipólito Mejía y no del fraude y los colapsos bancarios) y, en
los dos meses finales de la campaña electoral, con la manipulación de las
necesidades de los grupos más depauperados de la población a través de
subsidios gubernamentales inmediatos (ampliación de la cobertura de la
tarjeta Solidaridad, distribución de dinero plástico entre los estudiantes,
freno artificial de los precios de los alimentos básicos y los combustibles,
emisión de cheques a empleados de las zonas francas cerradas, etcétera) que,
como había advertido la oposición, ya se han develado insostenibles
financieramente.
La simple
realidad es que, en este último proceso electoral, como pudo comprobar todo
observador desapasionado, el candidato presidencial del PLD no
“conceptualizó” para nada (se escudó en el argumento de que no había con
quién polemizar), no ofertó gran cosa en términos programáticas (resultaba
contraproducente en razón de que no cumplió ni con el diez por ciento de sus
promesas de 2004), no convocó a grandes concentraciones de masas (sólo hizo
caravanas, que agitan los instintos primarios del electorado y no requieren
de discursos para convencer) y, como colofón curioso, centró las apelaciones
a su “obra de gobierno” en la rimbombante puesta en escena de un Metro que,
casi seis meses después de “subir” los primeros pasajeros clientelares “al
progreso”, únicamente funciona en el recuerdo y en la imaginación.
Naturalmente, ya se sabe cuál es la respuesta de muchos peledeístas ante las
aludidas inconductas que han servido de catapulta a las victorias del doctor
Fernández: en política lo importante es ganar. Y tal contestación
probablemente sería entendible y hasta aceptable para alguna gente, pero sí
quienes la ofrecieran fueran discípulos de Balaguer y no de Bosch. Por lo
demás, ¿se ha entendido bien? El doctor Fernández está en el mismo camino de
Balaguer: muchas victorias políticas, pero todas cuestionadas y rodeadas de
sombras y brumas…No es probable que Bosch aplaudiera tales victorias con el
entusiasmo con que lo hacen los peledeístas de hoy.
En
consecuencia, el autor de estas líneas tiene que reiterarse una vez más en
la idea de que si fuera militante o dirigente histórico del PLD no se
sentiría orgulloso por los triunfos en cuestión: antes al contrario, se
estaría cubriendo la nariz para protegerse de olores indeseables y, al mismo
tiempo, empeñaría sus esfuerzos en no rabiar ante los inevitables accesos de
mala conciencia.
(*) El
autor es abogado y profesor universitario
PERSONERÍA HISTÓRICA DEL PLD DE
HOY
Por Luis R. Decamps R. (*)
La contienda interna
del PLD del año 2007, aunque se continúa evocando de tarde en tarde en los
medios de comunicación (e inclusive por veces sigue siendo susceptible de
inflamar la polémica), no ha sido todavía calibrada adecuadamente por
analistas y estudiosos de la política nacional en lo atinente a su
significado histórico y a sus proyecciones en el devenir inmediato del
país.
En principio, la mera
verdad sobre esa confrontación intrapartidaria fue que ocurrió lo que tenía
que acontecer en un partido que se había transmutado orgánica e
ideológicamente: como el doctor Fernández se convirtió en el líder
fundamental de los sectores conservadores del país y, en particular, de la
vieja militancia balaguerista (unos y otros quedaron políticamente huérfanos
con la desaparición de Balaguer, y se acercaron al peledeísmo para
hombrearse o para militar), venció con relativa facilidad.
¿Quién realmente derrotó al
licenciado Medina? El neo-balaguerismo, que hoy en día es, social e
ideológicamente, la fuerza dominante en el PLD. El viejo arquetipo de
militante peledeísta (mentalmente sobrio, estudioso, ético, nada vocinglero,
revolucionario, ejemplar, de vida austera) apenas existe en el PLD actual
como rara reminiscencia.
Además, ni Marx ni Bosch
tienen en estos momentos influencia alguna en el pensamiento y en el
estilo de hacer política de los peledeístas. La gran mayoría de los
peledeístas de hoy no sólo procede del balaguerismo sino que también se
comporta como balaguerista de farándula.
Por supuesto, el neo-balaguerismo
peledeísta es una suerte de caricatura contemporánea del balaguerismo
original. En cierta medida es una de esas típicas expresiones del drama de
la constante repetición de los hechos históricos a que se refería un gran
alemán: unas veces como farsa y otra como tragedia.
Del mismo modo que el viejo
balaguerismo fue, legado y liderazgo apartes, la caricatura post-mortem del
trujillismo, el peledeísmo actual (que pudiera ser más adelante sustituido
abiertamente por el leonelismo) es la caricatura oportunista del
balaguerismo.
(Para fines de desenlace,
no obstante, hay que llamar la atención sobre el hecho de que los
peledeístas están olvidando que mientras el doctor Balaguer fue un confeso
cortesano y un valido fiel del trujillismo, el doctor Fernández procede del
boschismo, es decir, es un neo-balaguerista por renegación de sus orígenes y
por conveniencia.
Tampoco se debe olvidar
que, aunque en 1996 el doctor Balaguer le dio al doctor Fernández un
respaldo incondicional frente al doctor Peña Gómez -con el cual todavía
hacen memoriosas gárgaras verbales algunos balagueristas arrimados al
leonelismo tratando de tomarnos el pelo a todos-, hay dos hechos que no se
pueden borrar: primero, que el doctor Balaguer a posteriori manifestó su
arrepentimiento por semejante apuesta -dejándole el camino abierto al
ingeniero Hipólito Mejía en el 2000-, y segundo, que al fin y al cabo el PLD
no es todavía enteramente leonelista. El alborozo, pues, podría ser
prematuro).
Desde luego, esas
circunstancias obligan a la repetición de una aclaración de rigor: cuando
hablamos del balaguerismo que se ha sumado al PLD por gravedad histórica no
nos referimos necesariamente a la corriente de pensamiento
helenístico-constructivita que encarnaba el doctor Balaguer como ideólogo
político y estadista, sino a aquel grueso de las bases balagueristas (si
bien la mayor parte de los hombres y mujeres que militaban en el PRSC) que,
persistiendo en su antiperredeísmo óseo y en su abominación por el
liberalismo, decidió salir de su partido y hacerse peledeísta.
Toda esta gente, como se
sabe, ha estado acostumbrada a moverse ventajosamente en las interioridades
del Estado y a vivir a expensas del presupuesto nacional, y su estilo de
hacer política es harto conocido: prebendas, insultos, dinero, promesas y
trampas.
En general, la sociedad
dominicana de hoy exhibe las mismas pugnas políticas de antaño (las que han
separado al liberalismo del conservadurismo, disfraces y transacciones
aparte), aunque no se expresen con total nitidez y absoluta pureza: tenemos
el mismo escenario, las mismas matrices de pensamiento y los mismos
protagonistas por imitación o legado que conocieron nuestros compatriotas de
fines del siglo XIX.
Claro, nuestra eterna
devoción por los apelativos, los signos y las máscaras pudiera dar pie en un
momento dado a considerar como cierto lo contrario, y por ello no es extraño
que determinados analistas y estudiosos también incurran en tal error de
apreciación histórica.
Ya nadie duda que el
peledeísmo actual no guarde ninguna relación con el peledeísmo conceptuoso,
revolucionario, liberal y progresista del profesor Bosch. El de hoy es, en
realidad, el peledeísmo del doctor Fernández, heredero y émulo de la parte
brumosa y no paradigmática del estilo y la forma de conducción política del
doctor Balaguer, aquella que se cifraba bajo la denominación de
“balaguerismo de las sombras”.
Este, en su momento de
mayor notoriedad, aparecía representada por los sectores civiles y
militares archí-conservadores (ignorantes y fanáticos de toda laya,
vulgares buscadores de fortuna y gorilas uniformados o no) que medraron
abundantemente durante el régimen de los doce años de aquel (1966-1978).
El peledeísmo de hoy, a
decir verdad, es neo-conservador, clientelista, ultra-pragmático y neo-balaguerista,
y en los hechos cotidianos deviene una centrífuga política que arrastra a
las fuerzas sociales (grupos, individuos, racionalidad) contrarias al
liberalismo, a la ética política y a todo lo que huela o hieda a
perredeismo, por lo cual ha terminado siendo refugio de los tránsfugas, de
una parte de las nuevas generaciones sin referencias histórico-culturales y,
por supuesto, de los grupos empresariales oportunistas.
En pocas palabras, el PLD
de hoy, narigoneado de manera manifiesta por el leonelismo en el poder, es
un verdadero cargamontón político. Y en eso, fundamentalmente, reside su
fuerza actual…No entender tal aserto ha sido, hasta ahora, sobremanera
costoso para los adversarios de toda laya del presidente Fernández.
PERSONERÍA HISTÓRICA DEL PLD DE
HOY
Por Luis R. Decamps R. (*)
La contienda interna
del PLD del año 2007, aunque se continúa evocando de tarde en tarde en los
medios de comunicación (e inclusive por veces sigue siendo susceptible de
inflamar la polémica), no ha sido todavía calibrada adecuadamente por
analistas y estudiosos de la política nacional en lo atinente a su
significado histórico y a sus proyecciones en el devenir inmediato del
país.
En principio, la mera
verdad sobre esa confrontación intrapartidaria fue que ocurrió lo que tenía
que acontecer en un partido que se había transmutado orgánica e
ideológicamente: como el doctor Fernández se convirtió en el líder
fundamental de los sectores conservadores del país y, en particular, de la
vieja militancia balaguerista (unos y otros quedaron políticamente huérfanos
con la desaparición de Balaguer, y se acercaron al peledeísmo para
hombrearse o para militar), venció con relativa facilidad.
¿Quién realmente derrotó al
licenciado Medina? El neo-balaguerismo, que hoy en día es, social e
ideológicamente, la fuerza dominante en el PLD. El viejo arquetipo de
militante peledeísta (mentalmente sobrio, estudioso, ético, nada vocinglero,
revolucionario, ejemplar, de vida austera) apenas existe en el PLD actual
como rara reminiscencia.
Además, ni Marx ni Bosch
tienen en estos momentos influencia alguna en el pensamiento y en el
estilo de hacer política de los peledeístas. La gran mayoría de los
peledeístas de hoy no sólo procede del balaguerismo sino que también se
comporta como balaguerista de farándula.
Por supuesto, el neo-balaguerismo
peledeísta es una suerte de caricatura contemporánea del balaguerismo
original. En cierta medida es una de esas típicas expresiones del drama de
la constante repetición de los hechos históricos a que se refería un gran
alemán: unas veces como farsa y otra como tragedia.
Del mismo modo que el viejo
balaguerismo fue, legado y liderazgo apartes, la caricatura post-mortem del
trujillismo, el peledeísmo actual (que pudiera ser más adelante sustituido
abiertamente por el leonelismo) es la caricatura oportunista del
balaguerismo.
(Para fines de desenlace,
no obstante, hay que llamar la atención sobre el hecho de que los
peledeístas están olvidando que mientras el doctor Balaguer fue un confeso
cortesano y un valido fiel del trujillismo, el doctor Fernández procede del
boschismo, es decir, es un neo-balaguerista por renegación de sus orígenes y
por conveniencia.
Tampoco se debe olvidar
que, aunque en 1996 el doctor Balaguer le dio al doctor Fernández un
respaldo incondicional frente al doctor Peña Gómez -con el cual todavía
hacen memoriosas gárgaras verbales algunos balagueristas arrimados al
leonelismo tratando de tomarnos el pelo a todos-, hay dos hechos que no se
pueden borrar: primero, que el doctor Balaguer a posteriori manifestó su
arrepentimiento por semejante apuesta -dejándole el camino abierto al
ingeniero Hipólito Mejía en el 2000-, y segundo, que al fin y al cabo el PLD
no es todavía enteramente leonelista. El alborozo, pues, podría ser
prematuro).
Desde luego, esas
circunstancias obligan a la repetición de una aclaración de rigor: cuando
hablamos del balaguerismo que se ha sumado al PLD por gravedad histórica no
nos referimos necesariamente a la corriente de pensamiento
helenístico-constructivita que encarnaba el doctor Balaguer como ideólogo
político y estadista, sino a aquel grueso de las bases balagueristas (si
bien la mayor parte de los hombres y mujeres que militaban en el PRSC) que,
persistiendo en su antiperredeísmo óseo y en su abominación por el
liberalismo, decidió salir de su partido y hacerse peledeísta.
Toda esta gente, como se
sabe, ha estado acostumbrada a moverse ventajosamente en las interioridades
del Estado y a vivir a expensas del presupuesto nacional, y su estilo de
hacer política es harto conocido: prebendas, insultos, dinero, promesas y
trampas.
En general, la sociedad
dominicana de hoy exhibe las mismas pugnas políticas de antaño (las que han
separado al liberalismo del conservadurismo, disfraces y transacciones
aparte), aunque no se expresen con total nitidez y absoluta pureza: tenemos
el mismo escenario, las mismas matrices de pensamiento y los mismos
protagonistas por imitación o legado que conocieron nuestros compatriotas de
fines del siglo XIX.
Claro, nuestra eterna
devoción por los apelativos, los signos y las máscaras pudiera dar pie en un
momento dado a considerar como cierto lo contrario, y por ello no es extraño
que determinados analistas y estudiosos también incurran en tal error de
apreciación histórica.
Ya nadie duda que el
peledeísmo actual no guarde ninguna relación con el peledeísmo conceptuoso,
revolucionario, liberal y progresista del profesor Bosch. El de hoy es, en
realidad, el peledeísmo del doctor Fernández, heredero y émulo de la parte
brumosa y no paradigmática del estilo y la forma de conducción política del
doctor Balaguer, aquella que se cifraba bajo la denominación de
“balaguerismo de las sombras”.
Este, en su momento de
mayor notoriedad, aparecía representada por los sectores civiles y
militares archí-conservadores (ignorantes y fanáticos de toda laya,
vulgares buscadores de fortuna y gorilas uniformados o no) que medraron
abundantemente durante el régimen de los doce años de aquel (1966-1978).
El peledeísmo de hoy, a
decir verdad, es neo-conservador, clientelista, ultra-pragmático y neo-balaguerista,
y en los hechos cotidianos deviene una centrífuga política que arrastra a
las fuerzas sociales (grupos, individuos, racionalidad) contrarias al
liberalismo, a la ética política y a todo lo que huela o hieda a
perredeismo, por lo cual ha terminado siendo refugio de los tránsfugas, de
una parte de las nuevas generaciones sin referencias histórico-culturales y,
por supuesto, de los grupos empresariales oportunistas.
En pocas palabras, el PLD
de hoy, narigoneado de manera manifiesta por el leonelismo en el poder, es
un verdadero cargamontón político. Y en eso, fundamentalmente, reside su
fuerza actual…No entender tal aserto ha sido, hasta ahora, sobremanera
costoso para los adversarios de toda laya del presidente Fernández.
LEONELISMO,
DANILISMO Y BALAGUERISMO: LA NUEVA MAYORÍA EN EL PLD
Por Luis R. Decamps
R. (*)
El licenciado Danilo
Medina, no obstante ser el dirigente más cercano a las estructuras medias
del PLD (que todavía en 1999 no era un gran partido de masas propiamente
dicho), en el período de afianzamiento del liderazgo del doctor Fernández
jugó un papel concientemente funcional a éste: primero lo auspició (1996),
luego le sirvió de comodín (2000) y, por último, lo relanzó (2001-2004).
En otras
palabras, el licenciado Medina, prudentemente, no intentó hasta el 2006
convertir su mencionada cercanía con los estamentos medios del PLD en una
candidatura. Cuando finalmente trató de hacerlo, ya era demasiado tarde: el
doctor Leonel Fernández, prevalido del poder y sus posibilidades de
“amarre”, había ocupado casi todo el espacio del liderazgo peledeísta.
En medio
de la confrontación interna que separó al doctor Fernández y al licenciado
Medina se habló mucho de la alegada existencia de un pacto entre ellos para
que el primero fuera el candidato presidencial del PLD en el 2004 a cambio
de que respaldara al segundo para el 2008. Lo cierto es, no obstante, que la
existencia de semejante acuerdo aún está por confirmarse. De todos modos, un
hecho está a la vista: hubiera o no convenio en tal sentido, el licenciado
Medina no tenía más opción que lanzar su precandidatura presidencial para el
2008.
Ciertamente, el licenciado Medina, ante la realidad de que el doctor
Fernández intentaría de nuevo ser candidato del PLD, tenía ante sí una
alternativa taxativa y excluyente: si no se lanzaba al ruedo, enviaría a sus
seguidores y al país un mensaje de abandono de sus aspiraciones, con el
riesgo de que el doctor Fernández terminara absorbiendo o recibiendo por
simple gravedad a sus prosélitos; y si se lanzaba, como finalmente ocurrió,
se exponía a una derrota gravosa para su futuro político. Obviamente, tomar
una decisión ante una disyuntiva tan brutal era cosa de gente bien amueblada
mentalmente. Y el licenciado Medina, para su gloria personal (que no
necesariamente política en términos inmediatos), lo hizo.
Claro
está, el doctor Fernández también encaraba un gran desafío con la
precandidatura del licenciado Medina: por ser el máximo líder del PLD y el
presidente de la república, su victoria tenía que ser contundente y fuera de
toda duda, aunque para ello tuviera que hacer uso de las buenas y las malas
artes de la política; pero al lograr una victoria sobre el licenciado Medina
de tal magnitud, el doctor Fernández igualmente se exponía a lo que
finalmente aconteció: que aquel se resintiera y, por consiguiente, le negara
en la práctica su apoyo.
Es ya
historia que el doctor Fernández se impuso en la contienda interna del PLD.
Y era de esperarse. Como denunció a posteriori el mismo licenciado Medina,
contra él se usó toda la fuerza del poder y del dinero. Pero es casi seguro
que él no ignoraba (se trata de un político avezado y gran estratega) que el
Estado se volcaría en contra suya. Era, pues, la “crónica de una muerte
anunciada”.
Lo que no
esperaba el licenciado Medina era que mucha gente que le debía su
principalía política a él le traicionara y, por otra parte, tampoco el trato
desconsiderado, burlón y despiadado que le dio su antiguo alter ego y amigo,
el doctor Fernández.
A nuestro
modo de ver, lo que no calibraron adecuadamente el licenciado Medina y sus
estrategas, confiados en su cercanía con los dirigentes medios del PLD, fue
que su partido ya no era una organización de cuadros sino de masas.
Y
modernamente en América Latina ganar una contienda interna en un partido de
masas muchas veces no tiene nada que ver con la verdad ni con la justicia
sino con el dinero, las dádivas, las ofertas y la publicidad: estos
elementos quiebran la relación institucional de dependencia entre la
dirigencia media y las bases, y aquella puede terminar desbordada y
preterida.
Por lo
demás, los danilistas no repararon en que las masas que votarían en las
primarias no eran ni son de extracción peledeísta en su gran mayoría (casi
dos tercios de los militantes actuales del PLD proceden del balaguerismo).
Si las
primarias se hubieran desarrollado con la sola votación de la militancia de
extracción peledeísta, las posibilidades del licenciado Medina habrían sido
auspiciosas (talvez ello sea lo que explique el 28 por ciento que obtuvo,
contra todos los pronósticos de los entendidos en la materia)…Pero las ganó
Leonel porque tenía el poder, tan caro para los balagueristas renegados que
se reciclaron, quienes son, a contrapelo de los deseos de los antiguos
boschistas, la nueva mayoría del PLD.
(*) El autor es abogado y profesor
universitario
LA SOCIALDEMOCRACIA: EL CAMINO DE
HOY
Por Luis R. Decamps R. (*
Teodoro Petkoff, el legendario dirigente socialista venezolano que en los
años setenta esbozó las pautas para el nacimiento de una nueva izquierda en
América Latina, recién acaba de recordar, en una entrevista publicada en la
edición digital de “El universal” de Caracas, que “una
sociedad funciona bien cuando se rige por la vieja formulita socialdemócrata
de tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”.
La
socialdemocracia, como se sabe, desde que apareció en su versión moderna
(esto es, la del siglo XX, no la decimonónica
kautskyana-leninista), se ha caracterizado por
postular, en el marco de una régimen político de democracia electoral y
libertades, un modelo de organización económica, social y cultural en el que
prevalezca el interés común (tributado estatal o comunitariamente) sin
sacrificar la iniciativa individual, la propiedad privada y el mercado libre
no contaminado.
Los
planteamientos de la socialdemocracia moderna, bocetados tímidamente desde
el último decenio del siglo XIX por Eduard Bernstein
pero finalmente delineados en el Congreso
fundacional de la Internacional Socialista de
Frankfurt de 1951, en principio fueron considerados (en tanto constituían
una propuesta de virtual impugnación de la entonces alucinante antinomia
capitalismo-comunismo) quiméricos, ingenuos o simplemente hijos de la
vacilación ideológica y la traición política.
Por supuesto, esas consideraciones críticas resultaban a
la sazón consistentes con el hecho de que la doctrina socialdemócrata
moderna, con los planteamientos reseñados, empezó a tomar distancia respecto
de sus raíces marxistas clásicas (protagonizando una ruidosa ruptura que
tuvo hondas repercusiones internacionales) y, paralelamente, se fue
acercando a las formulaciones de la parte más avanzada y menos dogmática del
pensamiento social de la iglesia y a las ideas de los reformadores
económicos de occidente (tipo John Maynard Keynes,
Joan Robinson, Richard Kahn o Luigi Ludovico)
que perseguían una “humanización del capitalismo”.
Como ha
de recordarse, en términos partidarios la socialdemocracia moderna fue
objeto de feroces ataques de sus contradictores de todos los colores
políticos e ideológicos: desde la acusación de revisionistas y
social-pacifistas (hecha por los leninistas de post-guerra debido a su
apuesta de retorno al olvidado humanismo del ideario socialista), pasando
por la de “filo-comunistas” (formulada por la derecha política, el
neo-fascismo y lo más granado del patronato conservador) y llegando a la de
“reaccionarios disfrazados de progresistas” (lanzada por maoístas, trotskystas,
castristas, guevaristas y otras denominaciones de revolucionarios de verbo
en ristre).
No
obstante, a casi sesenta años de haber tomado forma la apuesta
socialdemócrata moderna, y luego de desmoronarse el modelo leninista-stalinista
soviético que duró casi siete décadas y de la resurrección una vez más del
“capitalismo salvaje” con sus brutales inconsecuencias frente al ser humano
común y corriente, el modelo que ella ha preconizado se mantiene vivo,
fresco y fructificando, sobre todo porque ha significado (y significa
todavía) una seria esperanza de progreso, libertad y bienestar para la
gente.
La verdad
es, en puridad de hechos, que el devenir histórico reciente ha demostrado
recurrentemente la superioridad del modelo socialdemócrata sobre los
restantes, y no sólo porque en las latitudes en que ha prevalecido han
existido y existen los más altos índices de desarrollo humano en libertad y
los más elevados estándares de vida social y económica sino también porque
se ha mantenido impertérrito y funcional mientras los otros modelos, en
ambos extremos, han sufrido constantes caídas, llegando, en algunos casos,
hasta a desaparecer.
Naturalmente, estamos hablando del modelo socialdemócrata de verdad (del que
ha sido responsable de la edificación de sociedades paradigmáticas en Europa
del Norte, de la erección de los grandes sistemas de seguridad social de
Europa Central y del Sur, de la promoción de las viejas y las nuevas
libertades en toda la ecúmene, o de los mayores y más exitosos procesos de
cambios progresistas en América Latina y Asia sin recurrir a la dictadura
política), no de las burdas caricaturas (simples apelativos, absurdas
mascaradas, mera retórica) que pululan actualmente en algunas de las
naciones del Tercer Mundo.
Estamos
aludiendo, reiteramos, a la socialdemocracia que, siendo poder, ha invertido
en la educación del ciudadano y en la salud pública, y ha auspiciado la
iniciativa individual para la creatividad y la producción de bienes y
servicios, estimulando el comercio y abriéndose a la inversión extranjera.
Es decir, nos referimos a la socialdemocracia que acepta y promueve el libre
mercado y los negocios privados, pero que no renuncia al rol del Estado como
regulador social y promotor del bienestar del individuo.
La
humanidad, francamente, debería volver el rostro hacia esa socialdemocracia,
y más en estos momentos en que el modelo neoliberal (nombre nuevo del
antiguo neoconservadurismo anti-estatista de Friedrich Hayek y sus
discípulos) ha fracasado estrepitosamente en todas partes, ya fuese aupado
por sus tradicionales conmilitones de la “inteligencia” política
capitalista, o ya impulsado por antiguos comunistas, socialdemócratas o
socialcristianos que se echaron alborozadamente en brazos de los dictados
del Consenso de Washington.
Y ello
puede resultar mucho más necesario ahora, cuando las opciones frente al
modelo neoliberal que se les están planteando a los pueblos son inaceptables
por anticuadas e infecundas: en el mundo desarrollado las fórmulas extremas
de la revivida derecha fundamentalista, y en el mundo no desarrollado el
antiguo modelo populista- estatista con visos de providencialismo. Se trata,
valga la insistencia, de plataformas ya conocidas, con hórridas referencias
en el pasado, y cuyos resultados todos conocemos de antemano: fracasarán
porque son insostenibles política, moral, social o financieramente.
El camino
es, pues, actualmente, en síntesis un poco apretujada y con las ya citadas
palabras de Petkoff, “la vieja formulita
socialdemócrata de tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea
necesario”.
(*) El autor es abogado y profesor universitario
LA TRANSFIGURACION HISTÓRICA DEL PLD
Por Luis R. Decamps R. (*)
El
Partido de la Liberación Dominicana (PLD) es, sin la menor duda, la
organización política vernácula que ha experimentado las más inverosímiles y
radicales transformaciones en los últimos tiempos.
Desde
luego, no es que los demás partidos no hayan sido trastocados por
importantes modificaciones internas. El sólo hecho de que desaparecieran los
grandes conductores (o de que algunos de los liderazgos conocidos fueran
desplazados), entrañó per sé un cambio trascendental casi para todos.
El fenómeno, insistimos, ha
involucrado a las organizaciones de la derecha tradicional, reservista,
cristiana o ultranacionalista (PRSC, PNVC, PQD, FNP, por ejemplo), a las del
centro (PLD, PRD, PRI, UD, etcétera) y a las de izquierda (FR, PCT, MIUCA,
verbigracia).
Pero,
claro, el fenómeno ha sido más identificable en los grandes partidos (acaso
debido a que es menos difícil escrutarlos y a que la mirada del observador
apunta más hacia ellos), y sobre todo, como se ha señalado precedentemente,
en el PLD, donde las mutaciones, conversiones, volteretas y reconversiones
han sido verdaderamente dramáticas.
Miremos el caso del PRD, verbigracia. No hay dudas de que sigue figurándose
como el mismo PRD de ayer, aunque en su seno se haya producido una notoria
retirada de sus antiguas posiciones ideológicas, una relativa disminución
pública de la alharaca de los grupos y, sobre todo, un cambio de mando que
se refleja en un estilo de dirección menos personalista pero más elitista.
Por más que se esforzara en demostrar lo contrario (si lo intentara), el
sesgo de su pensamiento, sus giros de lenguaje, su estilo, su forma de hacer
política, todo, en una palabra, devela que se trata del PRD de siempre: sus
cambios no han sido radicales tras la desaparición de Peña Gómez.
Algo
análogo pudiera afirmarse del PRSC. Se proyecta en la vida nacional
guardando las mismas similitudes orgánicas y conceptuales de antaño, aunque
también se remozara dirigencialmente -como ha ocurrido- y se haya disminuido
electoralmente en los últimos tres lustros a resultas -entre otros
factores- de la desaparición de su máximo líder y de sucesivas deserciones,
ejercicios de transfuguismo y hasta microescisiones. Por más que intente
exhibir lo contrario, sigue siendo el PRSC de siempre: sus cambios no han
modificado la naturaleza, el carácter y las metas estratégicas de la
entidad. Sin Balaguer el PRSC tiene menos volumen, pero el frasco y su
contenido son los mismos de ayer.
El
PLD, en cambio, insistimos, es un verdadero fenómeno de mutación en todos
los sentidos. Los trastrueques que se han producido en su interior han sido
descomunales, y en estos momentos no es ya, si hacemos caso omiso de los
cada vez menos frecuentes arrestos de nostalgia que esporádicamente se
manifiestan en sus entrañas, la organización revolucionaria,
filo-intelectual, moralista y de clase media que fundara el profesor Juan
Bosch “para completar la obra de Juan Pablo Duarte” y lograr “la liberación”
del pueblo dominicano. Del viejo y petulante elitismo (“el país se divide en
peledeístas y corruptos”, “el PLD no es un partido para los ignorantes”, “el
PLD es la negación de los vicios de la sociedad dominicana”, etcétera) sólo
queda el Comité Político, y cuidado si como rémora y no como remanente.
Ciertamente, en franca disparidad con sus orígenes y con los desarrollos de
la época boschista, el PLD de hoy cada día se nos revela, al margen de una
palabrería publicitaria que practica a todas luces el “doctormerenguismo”
(arte de decir una cosa cuando se está pensando lo contrario), como un
partido clientelista, no ideológico, neo-conservador y utilitarista que se
esfuerza por insertarse conscientemente dentro de las grandes coordenadas
conceptuales y factuales del sistema al que tanto combatió su fundador. En
consecuencia, el PLD de la época leonelista no es ni la sombra del partido
que creara el profesor Juan Bosch en diciembre de 1973: antes al contrario,
en una miríada de aspectos es su más absoluta negación.
El
autor de estas líneas no sabe a ciencia cierta cómo se sienten actualmente
los peledeístas de antigua data con esa transfiguración histórica del PLD,
pero si fuera él que estuviera en sus zapatos, evadiendo palabrotas y
resabios por aquello de que “el poder aplaca el alma”, por lo menos tuviera
(pendejada más, pendejada menos) ciertos momentos de tristeza y algunos
ocasionales arrebatos de mala conciencia.
(*) El
autor es abogado y profesor universitario
EL POLÍTICO Y EL ESTADISTA
Luis R. Decamps R.
(*)
Benjamín
Disraeli, el político y escritor inglés que promovió en la Era victoriana la
transformación orgánica y conceptual del Partido Conservador, solía decir
que la diferencia entre un político y un estadista reside en que mientras el
primero piensa en las próximas elecciones, el segundo piensa en las próximas
generaciones.
Al
florecer las civilizaciones referenciales del mundo occidental, el estadista
era el gobernante debido a cuyo genio o apoyo nacían las leyes nodales y se
erigían las instituciones políticas. Luego, en un cierto retorno al pasado,
también lo pasó a ser el conductor político que desarrollaba guerras
victoriosas o memorables jornadas sociales.
No en
vano la fuerza, la virtud y la sabiduría (separadas o no, y excepción hecha
de las derivaciones de los nexos dinásticos y religiosos) devinieron los
valores políticos predominantes durante las culturas primigenias. Los más
ilustres gobernantes de Grecia, primero en Atenas y más adelante en Esparta,
por ejemplo, resultaron nimbados por el aura de la inmortalidad en razón de
la posesión de tales atributos.
Por
supuesto, a posteriori empezó a imponerse la concepción de gobierno
vinculada a la grandeza personal, la familiaridad con los dioses y la
vanidad del poder, que había echado raíces en los regímenes despóticos de
Oriente, contra-referentes políticos de la cultura occidental.
En Roma,
por ejemplo, al morir la república la idea del estadista comenzó a
relacionarse con el levantamiento de obras materiales que impactaban con su
presencia avasallante la mente sencilla del individuo común, obras que
estaban destinadas a fines paganos o a la glorificación del gobernante que
las ordenaba.
Tal
racionalidad se enseñoreó durante siglos en el quehacer político y
gubernamental, pero a partir de la insurgencia de las ideas liberales y
socialistas (fines del siglo XVIII y segundad mitad del siglo XIX,
respectivamente) comenzó a perfilarse una polémica que aún se mantiene viva:
la que se refiere a la cuestión de si el político, cuando asciende a las
cumbres del poder, debe privilegiar en su acción de gobernar las grandes
realizaciones materiales o la atención a las necesidades vitales y
cotidianas de la gente común.
La
controversia apuntaba en principio, obviamente, contra la concepción
monárquico-cortesana que identificaba las grandes edificaciones con el
progreso social, pero en nuestro tiempo, en realidad, es hija de un problema
que es inherente a la administración del Estado: la insuficiencia de los
recursos a mano para encarar las exigencias de bienestar tanto de la
colectividad como del individuo en particular.
¿Qué,
pues, valga la insistencia, se debería privilegiar a ese respecto? ¿Las
realizaciones materiales o la atención a las necesidades vitales de la
colectividad y del individuo? Lo cierto es que la respuesta a tal
interrogante, en la actualidad, ante todo depende de la latitud del mundo en
que se formule. El planeta no es una realidad homogénea sino, por el
contrario, una suma fragmentaria de agregados sociales y de heterogeneidad
material y espiritual.
En los
países desarrollados las obras materiales son producciones de generación
casi mecánica (hijas de una rutina gubernamental o privada fundada en las
necesidades sociales), y a nadie se le ocurría calibrar a un gobernante en
función de ellas. Ni edificios ni avenidas ni monumentos ni trenes pueden
ser instrumentales de campaña electoral. A la inversa: una administración
gubernamental en estos países se evalúa como positiva o negativa en virtud
de las “facilidades” sociales y el bienestar personal que le ha garantizado
a la población. La gente, a la postre, es lo que importa.
En los
países no desarrollados, en cambio, donde la ignorancia y el fanatismo
cunden por doquier, donde la gente agoniza diariamente en brega contra el
hambre y las carencias, donde el Estado presume de ser el principal
distribuidor del bienestar personal, la respuesta a la pregunta de marras
está estrechamente vinculada a las expresiones citadas al comenzar estas
disquisiciones: depende de si el gobernante piensa y actúa como un político
o como un estadista.
En
efecto, si se trata de un político de pura cepa, sus preocupaciones estarán
cifradas en las próximas elecciones, y se decantará por la realización de
obras que puedan ser reivindicadas en una campaña electoral, sin importar
viabilidad moral, estudios, costos o utilidad real. Se trata de la vieja
vitrina de don Chencho: “¡Esto…lo hizo Balaguer!”
Desde
luego, la labor de reivindicación, como puede comprobarse en cualquier
proceso electoral en nuestros países, se manejará siempre como alienación
colectiva (muestrario de cuentas de vidrio y cascabeles para el arrullo),
creando en la población la apócrifa impresión de que esas obras son
expresiones incuestionables de progreso o de que fueron patrocinadas por el
gobernante de turno con recursos “propios”, cuando en realidad muchas veces
no le favorecen a la mayoría, constituyen un uso deleznable del dinero de
los contribuyentes y, además, únicamente han sido un pingüe negocio para
ciertos funcionarios o asociados a éstos.
Ahora
bien, si el gobernante es un estadista estará más preocupado por los
problemas de los seres humanos y por el destino de las generaciones por
venir. Es decir, las grandes líneas de acción gubernativa privilegiarán a la
gente (producción, alimentación, salud, educación, vivienda, seguridad
social, etcétera) independientemente de que sus resultados no sean
inmediatos y, por consiguiente, tampoco explotables en las próximas
elecciones.
Su mayor
satisfacción será ver cómo se reducen la miseria, la desnutrición, la
insalubridad, la ignorancia, el hacinamiento y la desprotección de la
población madura y anciana. La mira estará puesta en sus congéneres, no en
los resplandores del hábitat.
La verdad
es, en el sentido que discutimos, tan simple como sabida: debido a las
honduras de nuestras carencias y precariedades, lo ideal sería hacer un
equilibrio de inversiones, de suerte que el gobierno pueda paralelamente
invertir en la gente y en la infraestructura material de la sociedad, pero
en nuestros países el presupuesto nacional no es suficiente para ello, y por
consiguiente los gobernantes tienen que saber seleccionar sus prioridades…
Claro, reiteramos, éstas finalmente dependerán de si se está pensando en las
próximas elecciones o en las próximas generaciones.
LEONEL
FERNÁNDEZ EN LA HORA CERO
Por Luis R. Decamps R. (*)
La actual
coincidencia en el tiempo del llamado choque petrolero, la crisis
alimentaria mundial y el “desguañangue” de las finanzas públicas a resultas
del proceso comicial recién transcurrido, a no dudar, se constituirá en el
más importante desafío que ha tenido ante sí el doctor Leonel Fernández como
gobernante de la República Dominicana.
Ciertamente, aunque en los últimos cuatro años se puso en boga (sobre todo
entre prosélitos, beneficiarios y lambiscones de toda laya del gobierno)
destacar el talento y la experticia del doctor Fernández como gobernante
(especialmente por oposición a las alegadas ineptitudes del gobierno del
PRD), resultaba hasta ahora ostensible, a la luz de la más elemental verdad,
que a él le había correspondido ejercer la presidencia literalmente en la
cresta de la ola, es decir, en medio de coyunturas nacionales e
internacionales asaz favorables.
En tal
sentido, ha de recordarse que la primera gestión del doctor Fernández
(1996-2000) se inauguró de manera auspiciosa en razón, fundamentalmente, de
que heredó del doctor Joaquín Balaguer un gobierno macro económicamente
equilibrado como consecuencia, entre otros factores, de la reforma fiscal de
1992 (Ley No. 11-92 del 16 de mayo de 1992),
una prudente política de gasto público, la prosperidad de la economía
norteamericana durante la administración Clinton, una nómina estatal
manejable y unos precios internacionales del petróleo no muy gravosos.
Más
concretamente, el doctor Fernández recibió del doctor Balaguer un país que
crecía a un ritmo de 7.8 por ciento en promedio (entre 1992 y 2000), que
contaba con un presupuesto que había saltado en 36 meses a cifras
astronómicas y que durante varios años consecutivos cerró con una balanza de
pagos aceptable.
Tal
situación le permitió decir en 1996 al líder reformista que le entregaba al
doctor Fernández un país que era “como un avión listo para despegar”. Este
panorama bonancible sólo empezó a modificarse a partir del choque petrolero
del año 2000: de un precio promedio de 17. 83 dólares en 1999, el llamado
“oro negro” pasó a costar 28.82 (también en promedio) en los meses finales
de la administración del líder peledeísta.
También
ha de tenerse en la memoria que cuando el doctor Fernández tomó el poder en
el 2004 lo peor de la crisis financiera del 2003 había pasado. En agosto del
2004, efectivamente, ya los indicadores macroeconómicos estaban en franca
mejoría: los elementos impulsores del crecimiento se habían situado en
perspectiva de recuperación, la tasa de cambio se había colocado en 42 pesos
por un dólar (había estado hasta a 55 por un dólar en febrero), y la tasa de
interés había bajado a un 36 por ciento (había llegado hasta a un 50 por
ciento desde principios de año).
Esto fue,
en general, lo que le permitió al doctor Fernández hacer un “gobierno por
gravedad”: no adoptó ninguna medida nueva sino que simplemente se dedicó a
darle continuidad a las políticas aplicadas por el gobierno anterior desde
fines de 2003.
Obviamente, lo que habrá de enfrentar el doctor Fernández en su tercer
gobierno será totalmente diferente, pues en estos instantes hay un grave
desequilibrio de la cuenta corriente (según Temístocles Montás, cerrará el
año 2008 a un nivel del 8 por ciento del PIB), la factura petrolera se ha
elevado considerablemente (2 mil millones de dólares adicionales con
relación al 2007.
Ha dicho
el propio presidente Fernández en su discurso del 17 de los corrientes), el
nivel cuantitativo de la producción agrícola y pecuaria del país está en una
de sus peores épocas (conforme a diferentes asociaciones de productores y a
las propias autoridades del sector) y el nivel de inflación para este año
será de dos dígitos (superando las expectativas al tenor del Banco Central).
En lo que
atañe a los subsidios a la electricidad y al gas propano (el primero
requeriría 15 mil millones adicionales respecto al 2007, y el segundo se
elevaría en este año a 13 mil millones de pesos, según las proyecciones del
gobierno), aunque el presidente Fernández ha anunciado su “focalización” en
la pieza oratoria mencionada precedentemente, la presión que ellos
involucran sobre la finanzas públicas ya surtió sus efectos devastadores en
el primer semestre del año en curso.
Naturalmente, nadie ha hablado aún ni del peso sobre las finanzas públicas
ni del destino que tendrán los subsidios al gasoil de los industriales, al
transporte público y a los bienes de venta en colmados y supermercados.
Como se
ha señalado al inicio de estas líneas, esas críticas realidades tienen como
telón de fondo un Erario exhausto por el abuso del gasto público en el
proceso electoral, la desmesurada elevación de los precios del barril de
petróleo, la crisis de la economía norteamericana y, por supuesto, el
aumento de los costos de los principales rubros alimenticios (arroz, maíz,
soya, trigo, grasas comestibles, leche, etcétera) en los mercados
internacionales.
La
terrible confluencia de todos estos elementos críticos es, pues, si vemos
bien las cosas, como una granada fragmentaria lista para explotarle en las
manos y en el rostro al doctor Fernández. No parece exagerado, por vía de
consecuencia, decir que la crisis actual puede ser una verdadera prueba de
fuego para el mandatario dominicano.
En
bastantes sentidos, será ahora cuando se “graduará” o se “quemará” como
gobernante. Ya no estará en la cima del oleaje sino que, por el contrario,
tendrá que gobernar prácticamente “al filo de la navaja”. Está,
virtualmente, en su hora cero.
¿Pasará
la prueba el doctor Fernández? ¿Logrará sortear los graves problemas de hoy
sin que el dominicano común termine aplastado por el peso de los mismos y a
la postre se los cobre políticamente? Sólo el tiempo podrá responder con
exactitud estas interrogantes. Pero, debido a que actualmente existen
justificadas reservas sobre la eventual aplicación y la verdadera
efectividad del pliego de medidas contra la crisis que ha anunciado, es
inevitable, absolutamente inevitable la duda…
(*) El autor es abogado y profesor
universitario
lrdecampsr@hotmail.com
LOS DESAFÍOS INMEDIATOS DEL PRD
Luis
R. Decamps R. (*)
La
reafirmación del perredeismo como una de las tendencias socio-políticas
fundamentales de la República Dominicana, patentizada de manera
incontrastable en los resultados del proceso comicial de mayo retropróximo,
sitúa inexorablemente al PRD, como vehículo orgánico que la contiene y
expresa, frente a una serie de trascendentales desafíos inmediatos. Obviamente, el primero de esos desafíos consiste en mantener a todo trance
una monolítica unidad interna (tan reiteradamente amenazada en el pasado no
muy lejano por la insurgencia y el contrapunteo de aspiraciones legítimas o
bastardas), pues existe la percepción generalizada de que ésta influyó
poderosamente en el mejoramiento de la imagen del PRD, el incremento de su
caudal electoral y su casi milagroso reposicionamiento en el escenario
político dominicano.
En
consecuencia, resultaría harto provechoso para su causa que los perredeístas
de todas las gradaciones entiendan que los cuestionamientos y las críticas
que se ciernen actualmente sobre la conducción y el desarrollo del proceso
electoral de la víspera, necesarios y justificados tras una jornada no
enteramente victoriosa, deberían realizarse sin voceríos ni turbamultas
(evitando el dicterio, la anarquía y la cuchilla “renovadora”), esto es, en
un marco de respeto, de ponderación de las discrepancias y de apuestas por
la superación de errores, inconsecuencias o inconductas al tenor.
No es
ocioso recordar, en el sentido apuntado, que el peligro de no abordar
adecuadamente los cuestionamientos y las críticas reside siempre en que
éstos pueden desembocar en enfrentamientos caóticos que debiliten la
institucionalidad y terminen quebrando los cimientos de la democracia
interna, provocando el resurgimiento del laborantismo fraccional y de los
consiguientes amarres de aposentos, tan proclives a enseñorear a la
mediocridad y al utilitarismo vulgar en los órganos de dirección.
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