No somos ciudadanos dominicanos de segunda categoria, rechacemos la exclusion del gobierno del PLD

El periódico que dice lo que otros callan por complicidad o cobardía.

               
 

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DE BENJAMIN FRANKLIN A BARACK OBAMA:

LUZ AL NORTE DEL RÍO BRAVO   

 Por Luis R. Decamps R. (*) 

    Benjamín Franklin, el ilustre hijo de Boston que descolló como pensador, inventor e inconmovible patriota durante la etapa histórica fundacional de los Estados Unidos de América, dio en 1787 un trascendental campanazo de conciencia humanística al aceptar en Pennsylvania la presidencia de la Sociedad para Promover la Abolición de la Esclavitud.

Aunque la postura abolicionista de Franklin se conocía por lo menos desde 1733 y, por otra parte, no era esa la primera entidad de su naturaleza que actuaba en territorio norteamericano, aquel hecho constituía un hito en la lucha contra la esclavitud, sobre todo porque involucraba a un hombre que atesoraba la doble calidad de ser una insoslayable referencia político-moral para sus coetáneos y el norteamericano de mayor renombre internacional de la época. 

    El borrador original de la Constitución estadounidense de 1787 contenía una disposición abolicionista (para ser aplicada a partir de 1808), pero finalmente tal providencia no se hizo viable bajo la sórdida consideración de que la agricultura, que era la base de la economía del país (y especialmente de la de los ricos estados del Sur), dependía del trabajo de los esclavos, y en semejantes circunstancias aún quienes objetaban el régimen esclavista carecían de voluntad y posibilidades para orquestar un movimiento de importancia para su eliminación.  

   A pesar de que había quienes hasta se negaban a discutir el punto, la cuestión de la esclavitud, desde los días fundacionales, siempre estuvo en una especie de “agenda de conciencia” en los Estados Unidos: era obvio que el Norte y el Sur de la nación, con excepciones ligeras de ambos lados, tenían discrepancias al efecto, y en el Congreso, más allá de las divisiones regionales o partidaristas, a largos ratos había debates sobre el tema y se percibía una evidente distinción entre los estados esclavistas y los estados más o menos abolicionistas.  

    Las discrepancias, como se sabe, desembocaron en 1861 en una contienda civil (Guerra de Secesión) debido a la elección como presidente de los Estados Unidos de Abraham Lincoln, reconocido abolicionista, y aunque la secesión de los estados sureños fue efímera (pues resultaron derrotados y debieron capitular a principios de 1865) la verdad es que para lograr la eliminación oficial de la esclavitud (proclamada como “emancipación” el 11 de enero de 1863 y consagrada en la Décimo Tercera Enmienda de la Constitución el 6 de diciembre de 1865) fue necesario virtualmente desangrar al país.  

   Más aún: la sangre generosa de Lincoln hubo de abonar la victoria de los abolicionistas (fue asesinado el 14 de abril de 1865 por un fanático sureño), y en los hechos tal triunfo no pudo acabar ni con la segregación (que, sustituyendo a la esclavitud, se institucionalizó en el Sur, provocando odio racial y violencia) ni con la discriminación (que continuó en el Norte, generando abusos, pobreza y marginalidad). Los negros dejaron de ser esclavos, pero se les tenía como ciudadanos de segunda o tercera clase.  

    En el año de 1896, la sentencia “Plessy contra Ferguson” del Tribunal Supremo reafirmaría la increíble doctrina de “iguales, pero separados” (a propósito de la “Separate Car Act”, ley de 1890), legitimando la segregación y la discriminación, y en consecuencia afianzando la “ciudadanía menor” de los afroamericanos. Esta decisión judicial se convirtió en la base legal para la expansión del régimen de separación racial en los medios de transporte, las escuelas, los restaurantes y los servicios públicos en general. El no cumplimiento de esta disposición podía provocar insultos, empellones, agresiones, encarcelamientos, palizas y hasta linchamientos. 

    Estados Unidos fue escenario en 1955 de dos casos paradigmáticos en su horror discriminatorio porque causaron conmoción nacional: el de Emmet Hill, un adolescente negro de Chicago de visita en casa de sus abuelos que piropeó a una muchacha blanca la noche del 28 de agosto, y que por ello fue apaleado hasta morir por dos jóvenes de Mississipi, lo que generó una ola de indignación colectiva; y el de una costurera negra de Montgomery, Alabama, llamada  Rosa Parks, que el día 1ro. de diciembre, mientras se transportaba en autobús, fue detenida y multada porque se negó a cumplir con el requerimiento del conductor de cederle el asiento a un hombre blanco que esperaba de pie, castigo que provocó que el entonces joven pastor bautista Martin Luther King convocara a un boicot contra la compañía de transporte de la ciudad e iniciara un proceso que concluyó con la decisión del Tribunal Supremo del 20 de diciembre de 1956 que declaró inconstitucional la segregación racial en ese servicio público. 

     Otro importante hito en la lucha contra la segregación se produjo en septiembre de 1957 en Little Rock, Arkansas, cuando nueve alumnos de color que iban a formar parte de un programa piloto para la integración racial en las escuelas, a pesar de que el Tribunal Supremo había prohibido la discriminación en las mismas tres años antes, fueron impedidos en entrar a un centro educativo por el gobernador del estado, Orval Faubus, quien usó a la Guardia Nacional para ello. El día 24, luego de la intervención del presidente Eisenhower, los estudiantes negros finalmente entraron a la escuela, aunque debieron hacerlo escoltados por tropas militares. 

    En esta misma época se intensificaron las actividades clandestinas del Ku Klux Klan, entidad supremacista blanca creada en 1865 que, pese a su escasa aceptación general, actuaba con gran impunidad y llegó a asesinar a varios líderes de la comunidad afroamericana con la complicidad de las autoridades de Mississipi, Detroit y Alabama. Si bien algunos de los culpables de estos crímenes con el tiempo fueron objeto de sanciones penales, la mayoría de las palizas, las agresiones y las persecuciones quedaron impunes. 

   En la segunda mitad del decenio de los años cincuenta y al despuntar el de los sesenta surgieron en todo el Sur organizaciones de lucha por los derechos civiles de los negros, y dentro de ellas emergieron importantes líderes, como el ya mencionado pastor bautista Martin Luther King, quien en varios años, gracias a su coraje y a sus prédicas de resistencia pacífica, se convertiría en la figura más descollante de todo el movimiento. King fue el orador principal de la célebre concentración de agosto de 1963 (250,000 personas) en el National Mall de Washington para promover la Ley de Derechos Civiles y exigir el cese de la discriminación en las escuelas y puestos de trabajo. Aquí pronunció su famoso discurso “Yo tengo un sueño”.   

    En 1964 los abanderados de la lucha contra la segregación obtuvieron dos grandes victorias: en julio se aprobaría la Ley de Derechos Civiles y en octubre King sería galardonado por la Academia Sueca con el Premio Nóbel de la Paz. El reconocimiento al pastor bautista se debió a que, aunque ya era objeto de cuestionamientos por parte de algunos grupos radicales que no compartían sus métodos no violentos de lucha, como el núcleo de lo que luego sería el Partido de los Panteras Negras o la asociación de Malcolm  X (asesinado el 21 de febrero de 1965), su prestigio era cada vez más extenso no sólo en Estados Unidos sino en todo el planeta.  

    Desgraciadamente, King sería víctima de un balazo letal el 4 de abril de 1968, y con su muerte Estados Unidos perdería al principal líder negro de los derechos civiles, pero el ejemplo de verticalidad y de resistencia que sembró haría a la sociedad norteamericana cada vez más conciente de la necesidad de eliminar la discriminación racial. Por supuesto, el racismo no quedaría de ninguna manera desterrado. No se pueden olvidar los repetidos episodios de discriminación de los decenios de los años setenta y ochenta protagonizados en Atlanta o en Los Ángeles tanto por ciudadanos blancos como por autoridades policiales y estatales. Tampoco se pueden echar al saco del olvido los incendios de iglesias bautistas negras de 1996 en Texas y otros nueve estados del Sur. Las raíces de la discriminación racial han sido y siguen siendo múltiples, entreveradas y profundas en los Estados Unidos.  

    Sin dudas, aún hoy, en pleno siglo XXI, entre los norteamericanos planea por doquier el pájaro siniestro del racismo, y eso es perceptible diariamente, pero la elección el pasado martes 4 de noviembre de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos no sólo constituye un verdadero acto de expiación histórica (porque apunta hacia la reparación de errores que tienen categoría de pecados capitales) sino también un extraordinario ejemplo de racionalidad y espíritu libertario (no importa que fuese a la grupa de la actual crisis financiera) de ese gran pueblo que ha levantado al norte del Río Bravo una de las más formidables civilizaciones del devenir universal.

 

SABER GOBERNAR ES MANTENERSE EN EL PODER?

Por Luis R. Decamps R. (*) 

    En los últimos tiempos, acaso como parte de un ejercicio de búsqueda de legitimación moral y política que parece hijo de una crisis de talento o de conciencia, se ha puesto de moda entre voceros y prosélitos del presidente Leonel Fernández rememorar una viejísima e infeliz frase del profesor Juan Bosch: “Saber gobernar es mantenerse en el poder”. 

Nadie que haya estudiado o simplemente conocido la vida y el ideario políticos de Bosch, aunque fuere a la distancia, puede asegurar que esa sentencia pragmatoide sea verdaderamente representativa de su pensamiento, y no sólo porque fue pronunciada en circunstancias extremadamente singulares sino también, y fundamentalmente, porque si hay alguien en la historia dominicana del siglo XX que combatió acerbamente la filosofía del accionar político que ella comporta, tanto en el terreno de las ideas como en el de la praxis social, ese fue el ilustre intelectual y repúblico vegano. 

    Bosch fue, desde los inicios de su vida pública, un hombre ideológicamente avecinado a las corrientes políticas idealistas y liberales (en el sentido dieciochesco de las expresiones), y por consiguiente defensor a ultranza de la libertad, la pluralidad de pensamiento, la justicia social y el progreso colectivo. No en vano, como se sabe, sus primeras incursiones en el arte de escribir fueron en la poesía filo-modernista y el cuento de hondo contenido social. 

    Esas tendencias primigenias del eximio polígrafo de Río Verde quedaron también patentes en su temprana rebelión de conciencia ante la tiranía trujillista, pues aunque en algún momento se vio en la obligación de loar al temible caporal de San Cristóbal para preservar la vida, es historia, en primer lugar, que previamente había sido encarcelado debido a su desafección frente al régimen imperante y, en segundo lugar, que luego tomó voluntariamente (léase bien: voluntariamente) el camino siempre tortuoso del exilio.    

    Según su propio testimonio, Bosch redescubrió el pensamiento de Eugenio María de Hostos en Puerto Rico durante el inicio de su largo ostracismo, y se afirmó de inmediato como su admirador y entusiasta prosélito. Y era natural. Un espíritu antillano libre y sensible como el de Bosch, que jamás se transaría con la tiranía y la opresión, necesariamente tenía que abrazar en aquella época las prédicas filosóficas, políticas, sociológicas y morales del  eminente pensador y educador boricua.   

    Bosch, pues, y no es perogrullada evocarlo, huyó del país en su juventud en razón de su aversión por el continuismo trujillista, se convirtió a la distancia en un descollante líder de la lucha contra la tiranía y, durante más de dos décadas de expatriación, brilló en múltiples latitudes de nuestra América como uno de los más denodados luchadores contra las satrapías del momento y como un firme e insobornable propulsor de la democracia social.  

    Bosch regresó al país en 1961 para encabezar la opción democrática que encarnó el PRD en los días convulsos que siguieron al tiranicidio, y una vez resultó ganador de las elecciones (20 de diciembre de 1962) e instalado en el poder (27 de febrero de 1963), se empeñó en que el país adoptara un texto constitucional de carácter decididamente anti-continuista (artículo 123 de la Constitución de  de 1963). Más aún: el gobierno popular, liberal y democrático de Bosch sólo duró siete meses (27 de febrero-25 de septiembre de 1963), pues fue víctima de un golpe de Estado ejecutado por militares y civiles ambiciosos y anti-democráticos en connivencia con una embajada extranjera. Es decir, no se pudo mantener en el poder por el período de cuatro años para el cual fue electo. 

    Es cierto que el gran político e intelectual escribió un ensayo que pudiera prestarse a confusión en el sentido que discutimos (“El próximo paso: Dictadura con respaldo popular”, 1969) y que en las postrimerías de su vida abrazó el marxismo (que en su interpretación leninista promovía un régimen de “dictadura del proletariado” distanciado del pluralismo y el relevo dirigencial por vía democrática), pero sus actitudes políticas siempre evidenciaron que era opuesto a los regímenes de fuerza, además de que de sus textos sobre temas políticos e históricos es fácil colegir su abominación por los gobiernos dictatoriales y su indeclinable devoción por la libertad. 

    ¿Podría, valga la reiteración, pensar y actuar como se derivaría de la frase que da título a esta notas aquel hombre que combatió a la tiranía trujillista durante la mitad de su fecunda existencia, que promovió el establecimiento de un régimen político de alternabilidad democrática cuando estuvo en el poder, que fue derrocado por una alianza de malos dominicanos con extranjeros sin principios, que se enfrentó por años al reeleccionismo balaguerista, y que finalmente escribió con evidente aversión contra Santana, Báez, Lilís, Trujillo y Balaguer, los más conspicuos representantes y defensores de la alegada legitimidad de la frase en cuestión en nuestra historia? Obviamente, si la frase de referencia fuese representativa de su pensamiento, entonces el fundador y líder histórico del PLD se estaba criticando y desmintiendo a sí mismo y, como contrapartida, haciendo el elogio de las más abominables figuras de la historia de la República Dominicana.  

    Por lo demás, si esa expresión responde a la mejor “verdad de Estado” esto es, si ella debe ser el leitmotiv de la política partidista desde el poder, la conclusión es más que simple: los grandes próceres de la patria (Duarte, Sánchez, Rojas, Valverde, Luperón, Espaillat, Jiménez, Henríquez y Carvajal, Bosch, Caamaño, etcétera) no supieron gobernar y por lo tanto estaban miserablemente equivocados, y quienes en realidad supieron gobernar y tuvieron siempre la razón fueron sus adversarios o contra-figuras (Santana, Báez, Lilís, las tropas norteamericanas de ocupación, Trujillo, etcétera). La disyuntiva parece brutal, pero es absolutamente irrefutable.         

    El fanatismo no debe doblegar la verdad histórica ni el sentido ético del devenir ni la apuesta por un accionar político decente y constructivo. Saber gobernar no puede ser mantenerse en el poder. La expresión, formulada como se hace, es apócrifa, amoral e infame, y por lo tanto inaceptable. En realidad, saber gobernar es tener el oído en el corazón palpitante del pueblo elector, y darle respuesta desde el poder a sus necesidades,  preocupaciones, anhelos y esperanzas. Saber gobernar es terminar el mandato para el que se resultó elegido con el reconocimiento de la gente y de la posteridad…En fin, saber gobernar es pensar y actuar como estadista: para las presentes y venideras generaciones, no para las próximas elecciones.   

    La insistencia en recordar a Bosch por esa polémica frase incidental es no sólo un conato de estafa moral e ideológica (porque contrabandea como suyo el ideario de sus enemigos y contradictores talvez para justificar la deserción o la traición) sino también un imperdonable acto de perversidad política (intenta prostituir su verdadero pensamiento y desdibujar su limpia figura histórica para hacerle creer a la gente que “nada es nada”) impropio hasta de sus adversarios…Y es una pena, una verdadera pena que semejante felonía venga justamente de su antiguos seguidores.

 

TESTIMONIO A LA DISTANCIA SOBRE EL DOCTOR RAMÓN CEBALLOS

                (Notas evocatorias para los perredeístas de Estados Unidos de América) 

Por Luis R. Decamps R. (*) 

Hace casi tres décadas, en la explanada frontal de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), conocí a un joven de porte caballeroso, mirada serena y verbo pausado que, con el paso del tiempo, habría de convertirse en uno de los más importantes líderes estudiantiles de la más vieja casa de estudios de nuestra América.  

Era aquella la época virtualmente postrera de las juventudes rebeldes y románticas del continente, y aunque resultaba cada vez más evidente que -por reflejo- el fenómeno de cesación del radicalismo avanzaba arrolladoramente entre las nuevas generaciones de la República Dominicana, aquel jóven aún ejercía una abierta militancia progresista y, sin dejar de encarar la cotidianidad con cierto pragmatismo de adulto, postulaba concepciones de avanzada y hacía importantes apuestas de pensamiento. 

Naturalmente, la generalidad de los muchachos perredeístas que frecuentábamos el campus de la UASD en aquellos años éramos, todavía, imberbes de insobornables arrestos transformadores que, siendo parte de la membresía o la directiva de la entonces vigorosa y combativa Juventud Revolucionaria Dominicana (JRD), soñábamos con el advenimiento de una sociedad más justa, solidaria y libre.  

La amistad entre Ramón Ceballos y el autor de estas líneas se amamantó, pues, sobre todo al calor de la común militancia juvenil perredeísta, y se solidificó muy concretamente, sobre todo como expresión de colaboración y apoyo desde la JRD, cuando él se convirtió en el máximo dirigente del Frente Universitario Socialista Democrático (FUSD), grupo estudiantil del PRD en la UASD. 

En realidad, nada de eso era extraño, pues entre los jóvenes perredeístas de entonces, estudiantes o no, existían lazos indisolubles de solidaridad conceptual y correspondencia política y orgánica sintetizados en el anhelo individual o colectivo de que en el país se realizara una revolución democrático-nacional y se edificara una sociedad socialista y democrática.  

 

En el ámbito partidario interno, igualmente, los jóvenes estábamos contestes, y al efecto actuábamos, en el compromiso por la transformación cualitativa del PRD, que considerábamos el más adecuado instrumento del pueblo dominicano para la consumación de sus aspiraciones históricas de progreso, libertad, justicia social y bienestar general.  

En honor a la verdad, se impone precisar que el doctor Ceballos y quien escribe en los últimos tiempos apenas se han visto ocasionalmente, acaso a resultas de los a veces inevitables imponderables del existir, pero por múltiples vías (sobre todo amigos y relacionados de antaño) hemos intercambiado afectuosos saludos y trabado conocimiento sobre nuestros respectivos laborantismos políticos y personales.   

Recuerdo al doctor Ceballos como era entonces físicamente: de estatura procera, más bien delgado, de tez clara, mirada penetrante, pelo oscuro prematuramente salpicado de canas y porte solemne tras la inocultable continencia juvenil. Era la viva imagen del dirigente estudiantil responsable del decenio de los años ochenta.    

En el plano espiritual, Ramón Ceballos se caracterizaba por ser humilde y maduro, a pesar de ser dueño de una gran capacidad de análisis, y entre sus compañeros siempre hizo fama por su defensa de determinados valores éticos y su dedicación al estudio. 

Asimismo, el doctor Ceballos, admirador y defensor radical del doctor José Francisco Peña Gómez, era un consagrado e infatigable trabajador político, ofreciendo constantes demostraciones de compromiso partidario, valentía y sobriedad. Estos rasgos se complementaban con una honestidad personal a toda prueba, una permanente postura de respeto por las diferencias y una entrañable solidaridad con sus compañeros.      

En los días turbulentos de la lucha interna del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) de los mencionados años ochenta, aunque militábamos en tendencias diferentes y por lo tanto discrepábamos en nuestras respectivas visiones sobre el presente y el futuro de nuestra organización política, el doctor Ceballos y quien escribe siempre mantuvieron una indeclinable amistad y una recíproca relación de respetuoso compañerismo. 

No se puede olvidar, valga la insistencia, que aquella era la época de los fanatismos ciegos y las discusiones virulentas, el momento histórico de las más agrias confrontaciones entre los perredeístas, el tiempo de las enemistades internas y las zancadillas entre antiguos amigos y compañeros, y sin embargo el autor aún guarda en su memoria las cotidianas manifestaciones del espíritu siempre generoso del doctor Ceballos: su permanente tendencia a la contemporización y sus eternas reconvenciones y apuestas por la unidad. 

Por supuesto, y como era de esperarse, Ramón Ceballos cursó exitosamente su carrera académica y se hizo profesional, como la mayoría de los jóvenes que estudiábamos a la sazón, y con ello su vida política y personal tomó otros rumbos: el activismo juvenil dió paso a la obligada práctica laboral, y las horas de la bohemia militante fueran dejadas atrás para dar paso a los compromisos de adultos en trance de madurez y a las sagradas urgencias de la familia. 

Luego de largos años de distanciamiento involuntario, quien escribe ha vuelto a tener contacto con el doctor Ceballos, transfigurado ahora también en editor y analista periodístico, y ha reparado, dando seguimiento a sus escritos y pronunciamientos públicos, en que aquel antiguo compañero y amigo de las lides juveniles, a pesar del tiempo transcurrido y de la nieve que ya casi cubre su cabeza, no ha variado su carácter afable y sereno, su militancia perredeísta y su afición por los juicios políticos de rigor.  

En honor a la más estricta verdad, entre el doctor Ceballos y el suscrito no se ha hablado del tema, pero ahora que todos hemos sido enterados -vía el periódico que él dirige desde la Florida- de que se está nominando para la presidencia federal del PRD en los Estados Unidos, sin dudas procede este testimonio de amistad y parabienes, en la seguridad de que si resulta electo en esa importante posición dirigencial partidista hará honor a su luenga trayectoria de perredeísta íntegro y a su carácter de persona sensible y preocupada por el destino de sus correligionarios y de nuestro pueblo. 

Estoy absolutamente convencido de que si los perredeístas de Estados Unidos eligen al doctor Ceballos como su presidente, jamás se arrepentirán…Y esto, aunque yo no voto allá y carezca de calidad política para trazar pautas en el sentido apuntado, por simple deber de conciencia, al margen de la amistad, debo testimoniarlo para que conste. 

  

RÉQUIEM POR EL BOSCHISMO EN EL PLD DE LEONEL 

Por Luis R. Decamps R. (*) 

En la primera semana de diciembre del año de 1973, el profesor Juan Bosch, hasta ese momento presidente del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), tras varios meses de controversia tanto pública como detrás de los biombos, anunció su dimisión de esta última organización política y la inmediata fundación del Partido de la Liberación Dominicana (PLD).  

El ilustre intelectual y político vegano explicó a la sazón, para justificar su postura, que el PRD no sólo “se había derechizado” sino que virtualmente había sido tomado por dirigentes que únicamente pensaban en “sus intereses y ambiciones personales”, por lo que se imponía crear una entidad nueva, con lo mejor de aquel viejo partido, que abrazara el ideal de la liberación nacional y asumiera la tarea histórica de “terminar la obra de Juan Pablo Duarte y los fundadores de la República Dominicana”. 

La cortante posición de ruptura de Bosch, como es harto sabido, en realidad se había estado acunando años antes en la radicalización que experimentó su pensamiento político luego del derrocamiento de su gobierno en septiembre de 1963 y de la guerra civil de abril-agosto de 1965 (radicalización que entrañó más adelante la abominación de la “mentada democracia representativa”, la denuncia del “pentagonismo” imperialista y la asunción de la ideología marxista en su vertiente filosófica, sociológica y metodológica) y, en los últimos tiempos, en las discrepancias sobre el tema de las alianza y en torno al desembarco guerrillero de febrero de 1973 que encabezó el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó.  

El PLD, pues, en honor a la más estricta verdad, nació de las entrañas del PRD como la negación “dialéctica” de éste (especialmente de sus “prácticas clientelares, populistas e individualistas”, según se lee todavía en su sitio oficial de la Internet), y desde sus inicios se abrazó al pensamiento anti-imperialista, anti-capitalista, revolucionario, filo-socialista y marxista no leninista de su fundador. Conforme a una elaboración conceptual posterior, para los líderes del nuevo partido el PRD había “cumplido su misión histórica”. 

Mas aún: el PLD, a tono con las ideas y el ejemplo de Bosch, asumió la crítica del balaguerismo gobernante y del “viejo PRD” desde una óptica de moralidad y pureza ideológica rayanas en el fundamentalismo ético y político, hasta el punto de que durante muchos años operó como una logia cuyas puertas sólo estaban abiertas para los elegidos, pues había que superar varias pruebas de militancia marginal y de suficiencia intelectual (venta del periódico “Vanguardia del Pueblo”, participación en “esfuerzos concentrados” y período de educación básica y “unificación de criterios” en un Círculo de Estudios) para acceder a su membresía.  

Desde 1973 hasta 1990, el PLD, conducido con reciedumbre y experticia por Bosch (en compañía de un Comité Político integrado básicamente por jóvenes intelectuales de clase media) se caracterizó por ser una entidad partidista realmente distinta (esto es, en nada parecida ni al reformismo ni al perredeismo ni al izquierdismo radical de la época), y en muchos sentidos devino una escuela cotidiana bajo cuyo signo doctrinario se formó un importante contingente de novicios dirigentes políticos que se destacaron en la sociedad dominicana por su inteligencia, su sobriedad, su capacidad intelectual, su apego a la moralidad y su rechazo al pancismo, al oportunismo y al clientelismo. 

El verdadero fundamento ideológico del PLD, en el período citado, era el boschismo, pues la generalidad de las ideas que eran transmitidas a sus miembros y prosélitos procedía del pensamiento de su fundador (contenido en sus escritos, en sus discursos, en sus presentaciones ante los medios de comunicación y en su praxis política). Bosch, como ya se insinuó, se definía como marxista “no leninista”, y en sus análisis insistía siempre en aplicar el instrumental metodológico de la doctrina de Marx y Engels al estudio del pasado y el presente de nuestro país a los fines de procurar una interpretación nacional. Por eso, entre otras razones, concibió al PLD como un partido de liberación nacional en una época en que estaba de moda fundar agrupaciones marxistas declaradamente comunistas. 

El autor de estas notas ha sostenido que la transfiguración histórica del PLD se amamantó en 1990 con algarabía en las oficinas de campaña de la entidad (cuando sus responsables, debido a las posibilidades de victoria que acusaba la candidatura presidencial de Bosch, pasaron a manejar cuantiosos recursos logísticos y financieros facilitados por grupos de influencia para estar cubiertos “por si las moscas” esas expectativas de triunfo se concretaban) y avanzó en la medida en que los electos congresistas y funcionarios municipales probaban las “delicias” del ejercicio del poder público.

Naturalmente, un nítido efecto del inicio de la transfiguración fue el estallido de graves discrepancias internas, al transcurrir las elecciones de 1990, que intentaron ser parapetadas detrás de las formulaciones críticas al manejo de la estrategia de campaña. Bosch, sin embargo, siempre directo y de acrisolada honestidad, públicamente expuso las verdaderas raíces de la crisis interna en marzo de 1991: “…muchos dirigentes se habían contaminado de ambiciones personales”. La realidad era más que obvia: en esta época empezó a morir el boschismo dentro del PLD. 

La crisis de conciencia que condujo a la muerte del boschismo en el PLD fue relativamente corta (menos de cuatro años) si se toma en cuenta que Bosch estaba vivo, y aunque en principio se desarrolló con cierta lentitud debido a su presencia en la organización, tan pronto él la abandonó físicamente la agonía se aceleró: sus discípulos estaban urgidos de “superar” las “necedades” y los radicalismo de su maestro (que se habían convertido en serios impedimentos para el acceso del partido a las cumbres del gran poder) y tomar el camino de la contemporización y la moderación. 

Los “muchachos” que en 1973 habían renunciado del PRD porque éste representaba “lo viejo” y ellos “lo nuevo” en la sociedad dominicana (claro, ahora ya casi todos canutos e inclusive algunos hasta con arrugas), desde mediados de los años noventa se sacudieron el boschismo del cuerpo y del alma (como se hace con la molestosa polvareda que cae a veces sobre la ropa o con los urticantes pruritos de la conciencia) y soltaron sus amarras políticas e ideológicas (de manos de un conocido constructor multimillonario) en dirección a quien en aquellos momentos le podía garantizar las llaves del gobierno central: el doctor Joaquín Balaguer, ya “al borde del sepulcro” -según él mismo- pero todavía con una considerable fuerza electoral en su faltriquera y con el corazón lleno de ronchas por la impronta de malestar que le había dejado la imposición del Pacto por la Democracia.    

El boschismo murió definitivamente en el PLD en el acto de proclamación del Frente Patriótico en el Palacio de los Deportes de la ciudad de Santo Domingo en el mes de junio del año de 1996 cuando el doctor Balaguer, con el aplauso delirante de los peledeístas, le levantó las manos al doctor Leonel Fernández y, de este modo, lo convirtió en su delfín político del momento. En esta parafernalia simbólica también participaron el doctor Fernández Mirabal y el propio profesor Bosch, si bien este último con miradas, gestos y sonrisas que eran evidentes muestras de que no sabía lo que estaba haciendo. 

Con ese colorido y bullicioso espectáculo, valga la insistencia, los “muchachos” del PLD le cantaban el réquiem al boschismo, y lo dramático y terrible no era el montaje de la actividad en sí misma (tan de aquí y tan nuestra, al fin y al cabo) sino que enterraban su vieja ideología en presencia de su propio creador…Ciertamente, era el colmo del desenfado, pero la generalidad de los dominicanos pensó (según se infiere de los resultados electorales que le sucedieron a este acto), como el bardo, que culpas eran “del tiempo y no de España”.  

LAS VICTORIAS ELECTORALES DE LEONEL: SOMBRAS Y NUBARRONES 

Por Luis R. Decamps R. (*) 

En los corrillos afectos al Partido de la Liberación Dominicana (PLD), acaso como parte de una racionalidad de legitimación casi emparentada con el fanatismo, frecuentemente se destacan las victorias electorales del doctor Leonel Fernández (tres en total, en los últimos 12 años) como las pruebas más fehacientes de la grandeza histórica de su liderazgo y, subsecuentemente, de su alegado carácter de conductor político insustituible.   

Obviamente, sería un absurdo ejercicio de ridiculez no admitir la aceptación mediático-electoral alcanzada en el país por semejante percepción, o intentar desconocer el carácter formalmente hazañoso de los triunfos comiciales mencionados.

Y más todavía: devendría burla a la objetividad no reconocer que, tras la desaparición de los grandes líderes de la segunda mitad del siglo XX dominicano, el doctor Fernández se ha convertido en el dominicano de más amplias proyecciones internas y externas. 

No obstante, a la luz de los valores conceptuales (doctrina, métodos de trabajo y estilo de hacer política) que dieron origen al partido del doctor Fernández y de las causas defendidas históricamente por el liberalismo dominicano (ideología, ética, institucionalidad, libertad, democracia social e inversión estatal en las necesidades estructurales de la gente), las victorias en referencia, debido a las singularísimas circunstancias que las han rodeado, no parecen ser las mejores plataformas morales para la defensa del liderazgo del actual presidente de la República. 

En efecto, los lauros electorales del líder del PLD, tal y como se ha puesto de manifiesto de manera recurrente en cada caso, no sólo han sido hijos de pactos (abiertos o soterrados) con grupos que encarnan la negación más absoluta de sus orígenes ideológicos y políticos sino también de un accionar de pragmatismo vulgar que, contrariando las grandes líneas conceptuales de su discurso político post-modernista, ha terminado siendo fundamental en el curso dominante de su ascendencia electoral. 

No se puede olvidar, ciertamente, que en el año de 1996 el doctor Fernández emergió triunfante del proceso electoral a resultas de una alianza del PLD con sus más acérrimos contradictores de siempre (los balagueristas, los ultranacionalistas racistas, los anti-boschistas tradicionales y los grupos generacionalmente remozados de la caverna política y económica nacional), lo que se tradujo, en sentido práctico, en una nueva derrota del liberalismo y en un cambio de mando y de dirección doctrinaria al interior del peledeísmo que echaría las bases para su posterior conversión en el cálido y seguro hogar del conservadurismo criollo. 

En lo referente a los siempre sinuosos vericuetos de la “real politik”, además, debe recordarse que la victoria del denominado Frente Patriótico en el citado año fue en principio amamantada en una engañifa politiquera (confesada abiertamente como tal por un historiador y altísimo dirigente peledeísta) que implicó, violando acuerdos previamente establecidos ante el país, una modificación al texto constitucional destinada a establecer un dique de contención al desbordado apoyo popular del doctor Peña Gómez: el requisito del 50 por ciento más un voto para poder ganar las elecciones (el llamado Pacto por la Democracia originalmente contemplaba el 40 por ciento).    

En el año 2004, el doctor Fernández resultó victorioso en los comicios nacionales esencialmente por la grave crisis financiera derivada de la quiebra fraudulenta del segundo más grande banco del sistema (otros dos colapsaron, pero las implicaciones fueron distintas), que fue encarada por el gobierno del presidente Hipólito Mejía dándole protección estatal a los depositantes e inversionistas, lo que produjo una espiral devaluatoria de nuestro signo monetario que, a la postre, fue nodriza de una hiperinflación que golpeó brutalmente a los grupos medios y bajos de la población dominicana y que, por ello mismo, terminó provocando la ruina político-electoral del PRD.  

Concretamente, el entonces candidato del PLD no sólo usó políticamente la aludida crisis financiera (negando la existencia del fraude, defendiendo tangencialmente a los banqueros inculpados y responsabilizando exclusivamente de la misma a “la errática política económica del gobierno del PRD”) sino que pactó abiertamente con grupos políticos y económicos que a la larga fueron beneficiarios o defensores de las actuaciones de los protagonistas principales de ese dramático episodio de nuestra historia económica que nos costó más del 20 por ciento del producto interno bruto y entrañó el aherrojamiento a la pobreza de cientos de miles de dominicanos. 

En este año 2008, el líder del PLD pudo ganar las elecciones gracias a la abierta adopción de políticas centrales de dudosa manufactura ética: el establecimiento con recursos públicos de una virtual “dictadura mediática” (que desde el 2005 ya había arrinconado a la oposición sin que ésta reaccionara adecuadamente), la puesta en práctica de una estrategia de “captación” de adversarios (movimientos de transfuguismo y clientelismo que generaron gran desmoralización en el PRSC y, en menor medida, en el PRD) y el uso indiscriminado de los recursos del Estado (el “desguañangue” de la economía nacional fue su secuela más evidente). 

Esas políticas infames, de las cuales dieron testimonio observadores dominicanos y extranjeros, fueron complementadas con la aplicación de una estratagema propagandística destinada a recordarle a los dominicanos la crisis del 2003 (persistiendo en la mentirosa idea de que fue producto de los yerros del gobierno de Hipólito Mejía y no del fraude y los colapsos bancarios) y, en los dos meses finales de la campaña electoral, con la manipulación de las necesidades de los grupos más depauperados de la población a través de subsidios gubernamentales inmediatos (ampliación de la cobertura de la tarjeta Solidaridad, distribución de dinero plástico entre los estudiantes, freno artificial de los precios de los alimentos básicos y los combustibles, emisión de cheques a empleados de las zonas francas cerradas, etcétera) que, como había advertido la oposición, ya se han develado insostenibles financieramente.   

La simple realidad es que, en este último proceso electoral, como pudo comprobar todo observador desapasionado, el candidato presidencial del PLD no “conceptualizó” para nada (se escudó en el argumento de que no había con quién polemizar), no ofertó gran cosa en términos programáticas (resultaba contraproducente en razón de que no cumplió ni con el diez por ciento de sus promesas de 2004), no convocó a grandes concentraciones de masas (sólo hizo caravanas, que  agitan los instintos primarios del electorado y no requieren de discursos para convencer) y, como colofón curioso, centró las apelaciones a su “obra de gobierno” en la rimbombante puesta en escena de un Metro que, casi seis meses después de “subir” los primeros pasajeros clientelares “al progreso”, únicamente funciona en el recuerdo y en la imaginación.           

Naturalmente, ya se sabe cuál es la respuesta de muchos peledeístas ante las aludidas inconductas que han servido de catapulta a las victorias del doctor Fernández: en política lo importante es ganar. Y tal contestación probablemente sería entendible y hasta aceptable para alguna gente, pero sí quienes la ofrecieran fueran discípulos de Balaguer y no de Bosch. Por lo demás, ¿se ha entendido bien? El doctor Fernández está en el mismo camino de Balaguer: muchas victorias políticas, pero todas cuestionadas y rodeadas de sombras y brumas…No es probable que Bosch aplaudiera tales victorias con el entusiasmo con que lo hacen los peledeístas de hoy.  

En consecuencia, el autor de estas líneas tiene que reiterarse una vez más en la idea de que si fuera militante o dirigente histórico del PLD no se sentiría orgulloso por los triunfos en cuestión: antes al contrario, se estaría cubriendo la nariz para protegerse de olores indeseables y, al mismo tiempo, empeñaría sus esfuerzos en no rabiar ante los inevitables accesos de mala conciencia. 

(*) El autor es abogado y profesor universitario

PERSONERÍA HISTÓRICA DEL PLD DE HOY 

Por Luis R. Decamps R. (*) 

 La contienda interna del PLD del año 2007, aunque se continúa evocando de tarde en tarde en los medios de comunicación (e inclusive por veces sigue siendo susceptible de inflamar la polémica), no ha sido todavía calibrada adecuadamente por analistas y estudiosos de la política nacional en lo atinente a su significado histórico y a sus proyecciones en el devenir inmediato del país. 

En principio, la mera verdad sobre esa confrontación intrapartidaria fue que ocurrió lo que tenía que acontecer en un partido que se había transmutado orgánica e ideológicamente: como el doctor Fernández se convirtió en el líder fundamental de los sectores conservadores del país y, en particular, de la vieja militancia balaguerista (unos y otros quedaron políticamente huérfanos con la desaparición de Balaguer, y se acercaron al peledeísmo para hombrearse o para militar), venció con relativa facilidad.  

¿Quién realmente derrotó al licenciado Medina? El neo-balaguerismo, que hoy en día es, social e ideológicamente, la fuerza dominante en el PLD. El viejo arquetipo de militante peledeísta (mentalmente sobrio, estudioso, ético, nada vocinglero, revolucionario, ejemplar, de vida austera) apenas existe en el PLD actual como rara reminiscencia.

Además, ni Marx ni Bosch tienen en estos momentos influencia alguna en el pensamiento y en el estilo de hacer política de los peledeístas. La gran mayoría de los peledeístas de hoy no sólo procede del balaguerismo sino que también se comporta como balaguerista de farándula. 

Por supuesto, el neo-balaguerismo peledeísta es una suerte de caricatura contemporánea del balaguerismo original. En cierta medida es una de esas típicas expresiones del drama de la constante repetición de los hechos históricos a que se refería un gran alemán: unas veces como farsa y otra como tragedia.

Del mismo modo que el viejo balaguerismo fue, legado y liderazgo apartes, la caricatura post-mortem del trujillismo, el peledeísmo actual (que pudiera ser más adelante sustituido abiertamente por el leonelismo) es la caricatura oportunista del balaguerismo.  

(Para fines de desenlace, no obstante, hay que llamar la atención sobre el hecho de que los peledeístas están olvidando que mientras el doctor Balaguer fue un confeso cortesano y un valido fiel del trujillismo, el doctor Fernández procede del boschismo, es decir, es un neo-balaguerista por renegación de sus orígenes y por conveniencia.

Tampoco se debe olvidar que, aunque en 1996 el doctor Balaguer le dio al doctor Fernández un respaldo incondicional frente al doctor Peña Gómez -con el cual todavía hacen memoriosas gárgaras verbales algunos balagueristas arrimados al leonelismo tratando de tomarnos el pelo a todos-, hay dos hechos que no se pueden borrar: primero, que el doctor Balaguer a posteriori manifestó su arrepentimiento por semejante apuesta -dejándole el camino abierto al ingeniero Hipólito Mejía en el 2000-, y segundo, que al fin y al cabo el PLD no es todavía enteramente leonelista. El alborozo, pues, podría ser prematuro).   

Desde luego, esas circunstancias obligan a la repetición de una aclaración de rigor: cuando hablamos del balaguerismo que se ha sumado al PLD por gravedad histórica no nos referimos necesariamente a la corriente de pensamiento helenístico-constructivita que encarnaba el doctor Balaguer como ideólogo político y estadista, sino a aquel grueso de las bases balagueristas (si bien la mayor parte de los hombres y mujeres que militaban en el PRSC) que, persistiendo en su antiperredeísmo óseo y en su abominación por el liberalismo, decidió salir de su partido y hacerse peledeísta.

Toda esta gente, como se sabe, ha estado acostumbrada a moverse ventajosamente en las interioridades del Estado y a vivir a expensas del presupuesto nacional, y su estilo de hacer política es harto conocido: prebendas, insultos, dinero, promesas y trampas. 

En general, la sociedad dominicana de hoy exhibe las mismas pugnas políticas de antaño (las que han separado al liberalismo del conservadurismo, disfraces y transacciones aparte), aunque no se expresen con total nitidez y absoluta pureza: tenemos el mismo escenario, las mismas matrices de pensamiento y los mismos protagonistas por imitación o legado que conocieron nuestros compatriotas de fines del siglo XIX.

Claro, nuestra eterna devoción por los apelativos, los signos y las máscaras pudiera dar pie en un momento dado a considerar como cierto lo contrario, y por ello no es extraño que determinados analistas y estudiosos también incurran en tal error de apreciación histórica.  

Ya nadie duda que el peledeísmo actual no guarde ninguna relación con el peledeísmo conceptuoso, revolucionario, liberal y progresista del profesor Bosch. El de hoy es, en realidad, el peledeísmo del doctor Fernández, heredero y émulo de la parte brumosa y no paradigmática del estilo y la forma de conducción política del doctor Balaguer, aquella que se cifraba bajo la denominación de “balaguerismo de las sombras”.

Este, en su momento de mayor notoriedad, aparecía representada por los sectores civiles y militares  archí-conservadores (ignorantes y fanáticos de toda laya, vulgares buscadores de fortuna y gorilas uniformados o no) que medraron abundantemente durante el régimen de los doce años de aquel (1966-1978).  

El peledeísmo de hoy, a decir verdad, es neo-conservador, clientelista, ultra-pragmático y neo-balaguerista, y en los hechos cotidianos deviene una centrífuga política que arrastra a las fuerzas sociales (grupos, individuos, racionalidad) contrarias al liberalismo, a la ética política y a todo lo que huela o hieda a perredeismo, por lo cual ha terminado siendo refugio de los tránsfugas, de una parte de las nuevas generaciones sin referencias histórico-culturales y, por supuesto, de los grupos empresariales oportunistas.  

En pocas palabras, el PLD de hoy, narigoneado de manera manifiesta por el leonelismo en el poder, es un verdadero cargamontón político. Y en eso, fundamentalmente, reside su fuerza actual…No entender tal aserto ha sido, hasta ahora, sobremanera costoso para los adversarios de toda laya del presidente Fernández.     

 

PERSONERÍA HISTÓRICA DEL PLD DE HOY 

    Por Luis R. Decamps R. (*) 

 La contienda interna del PLD del año 2007, aunque se continúa evocando de tarde en tarde en los medios de comunicación (e inclusive por veces sigue siendo susceptible de inflamar la polémica), no ha sido todavía calibrada adecuadamente por analistas y estudiosos de la política nacional en lo atinente a su significado histórico y a sus proyecciones en el devenir inmediato del país. 

En principio, la mera verdad sobre esa confrontación intrapartidaria fue que ocurrió lo que tenía que acontecer en un partido que se había transmutado orgánica e ideológicamente: como el doctor Fernández se convirtió en el líder fundamental de los sectores conservadores del país y, en particular, de la vieja militancia balaguerista (unos y otros quedaron políticamente huérfanos con la desaparición de Balaguer, y se acercaron al peledeísmo para hombrearse o para militar), venció con relativa facilidad.  

¿Quién realmente derrotó al licenciado Medina? El neo-balaguerismo, que hoy en día es, social e ideológicamente, la fuerza dominante en el PLD. El viejo arquetipo de militante peledeísta (mentalmente sobrio, estudioso, ético, nada vocinglero, revolucionario, ejemplar, de vida austera) apenas existe en el PLD actual como rara reminiscencia.

Además, ni Marx ni Bosch tienen en estos momentos influencia alguna en el pensamiento y en el estilo de hacer política de los peledeístas. La gran mayoría de los peledeístas de hoy no sólo procede del balaguerismo sino que también se comporta como balaguerista de farándula. 

Por supuesto, el neo-balaguerismo peledeísta es una suerte de caricatura contemporánea del balaguerismo original. En cierta medida es una de esas típicas expresiones del drama de la constante repetición de los hechos históricos a que se refería un gran alemán: unas veces como farsa y otra como tragedia.

Del mismo modo que el viejo balaguerismo fue, legado y liderazgo apartes, la caricatura post-mortem del trujillismo, el peledeísmo actual (que pudiera ser más adelante sustituido abiertamente por el leonelismo) es la caricatura oportunista del balaguerismo.  

(Para fines de desenlace, no obstante, hay que llamar la atención sobre el hecho de que los peledeístas están olvidando que mientras el doctor Balaguer fue un confeso cortesano y un valido fiel del trujillismo, el doctor Fernández procede del boschismo, es decir, es un neo-balaguerista por renegación de sus orígenes y por conveniencia.

Tampoco se debe olvidar que, aunque en 1996 el doctor Balaguer le dio al doctor Fernández un respaldo incondicional frente al doctor Peña Gómez -con el cual todavía hacen memoriosas gárgaras verbales algunos balagueristas arrimados al leonelismo tratando de tomarnos el pelo a todos-, hay dos hechos que no se pueden borrar: primero, que el doctor Balaguer a posteriori manifestó su arrepentimiento por semejante apuesta -dejándole el camino abierto al ingeniero Hipólito Mejía en el 2000-, y segundo, que al fin y al cabo el PLD no es todavía enteramente leonelista. El alborozo, pues, podría ser prematuro).   

Desde luego, esas circunstancias obligan a la repetición de una aclaración de rigor: cuando hablamos del balaguerismo que se ha sumado al PLD por gravedad histórica no nos referimos necesariamente a la corriente de pensamiento helenístico-constructivita que encarnaba el doctor Balaguer como ideólogo político y estadista, sino a aquel grueso de las bases balagueristas (si bien la mayor parte de los hombres y mujeres que militaban en el PRSC) que, persistiendo en su antiperredeísmo óseo y en su abominación por el liberalismo, decidió salir de su partido y hacerse peledeísta.

Toda esta gente, como se sabe, ha estado acostumbrada a moverse ventajosamente en las interioridades del Estado y a vivir a expensas del presupuesto nacional, y su estilo de hacer política es harto conocido: prebendas, insultos, dinero, promesas y trampas. 

En general, la sociedad dominicana de hoy exhibe las mismas pugnas políticas de antaño (las que han separado al liberalismo del conservadurismo, disfraces y transacciones aparte), aunque no se expresen con total nitidez y absoluta pureza: tenemos el mismo escenario, las mismas matrices de pensamiento y los mismos protagonistas por imitación o legado que conocieron nuestros compatriotas de fines del siglo XIX.

Claro, nuestra eterna devoción por los apelativos, los signos y las máscaras pudiera dar pie en un momento dado a considerar como cierto lo contrario, y por ello no es extraño que determinados analistas y estudiosos también incurran en tal error de apreciación histórica.  

Ya nadie duda que el peledeísmo actual no guarde ninguna relación con el peledeísmo conceptuoso, revolucionario, liberal y progresista del profesor Bosch. El de hoy es, en realidad, el peledeísmo del doctor Fernández, heredero y émulo de la parte brumosa y no paradigmática del estilo y la forma de conducción política del doctor Balaguer, aquella que se cifraba bajo la denominación de “balaguerismo de las sombras”.

Este, en su momento de mayor notoriedad, aparecía representada por los sectores civiles y militares  archí-conservadores (ignorantes y fanáticos de toda laya, vulgares buscadores de fortuna y gorilas uniformados o no) que medraron abundantemente durante el régimen de los doce años de aquel (1966-1978).  

El peledeísmo de hoy, a decir verdad, es neo-conservador, clientelista, ultra-pragmático y neo-balaguerista, y en los hechos cotidianos deviene una centrífuga política que arrastra a las fuerzas sociales (grupos, individuos, racionalidad) contrarias al liberalismo, a la ética política y a todo lo que huela o hieda a perredeismo, por lo cual ha terminado siendo refugio de los tránsfugas, de una parte de las nuevas generaciones sin referencias histórico-culturales y, por supuesto, de los grupos empresariales oportunistas.  

En pocas palabras, el PLD de hoy, narigoneado de manera manifiesta por el leonelismo en el poder, es un verdadero cargamontón político. Y en eso, fundamentalmente, reside su fuerza actual…No entender tal aserto ha sido, hasta ahora, sobremanera costoso para los adversarios de toda laya del presidente Fernández.     

 

LEONELISMO, DANILISMO Y BALAGUERISMO: LA NUEVA MAYORÍA  EN EL PLD

Por Luis R. Decamps R. (*)

El licenciado Danilo Medina, no obstante ser el dirigente más cercano a las estructuras medias del PLD (que todavía en 1999 no era un gran partido de masas propiamente dicho), en el período de afianzamiento del liderazgo del doctor Fernández jugó un papel concientemente funcional a éste: primero lo auspició (1996), luego le sirvió de comodín (2000) y, por último, lo relanzó (2001-2004).

En otras palabras, el licenciado Medina, prudentemente, no intentó hasta el 2006 convertir su mencionada cercanía con los estamentos medios del PLD en una candidatura. Cuando finalmente trató de hacerlo, ya era demasiado tarde: el doctor Leonel Fernández, prevalido del poder y sus posibilidades de “amarre”, había ocupado casi todo el espacio del liderazgo peledeísta.  

En medio de la confrontación interna que separó al doctor Fernández y al licenciado Medina se habló mucho de la alegada existencia de un pacto entre ellos para que el primero fuera el candidato presidencial del PLD en el 2004 a cambio de que respaldara al segundo para el 2008. Lo cierto es, no obstante, que la existencia de semejante acuerdo aún está por confirmarse. De todos modos, un hecho está a la vista: hubiera o no convenio en tal sentido, el licenciado Medina no tenía más opción que lanzar su precandidatura presidencial para el 2008. 

Ciertamente, el licenciado Medina, ante la realidad de que el doctor Fernández intentaría de nuevo ser candidato del PLD, tenía ante sí una alternativa taxativa y excluyente: si no se lanzaba al ruedo, enviaría a sus seguidores y al país un mensaje de abandono de sus aspiraciones, con el riesgo de que el doctor Fernández terminara absorbiendo o  recibiendo por simple gravedad a sus prosélitos; y si se lanzaba, como finalmente ocurrió, se exponía a una derrota gravosa para su futuro político. Obviamente, tomar una decisión ante una disyuntiva tan brutal era cosa de gente bien amueblada mentalmente. Y el licenciado Medina, para su gloria personal (que no necesariamente política en términos inmediatos), lo hizo.

Claro está, el doctor Fernández también encaraba un gran desafío con la precandidatura del licenciado Medina: por ser el máximo líder del PLD y el presidente de la república, su victoria tenía que ser contundente y fuera de toda duda, aunque para ello tuviera que hacer uso de las buenas y las malas artes de la política; pero al lograr una victoria sobre el licenciado Medina de tal magnitud, el doctor Fernández igualmente se exponía a lo que finalmente aconteció: que aquel se resintiera y, por consiguiente, le negara en la práctica su apoyo.

Es ya historia que el doctor Fernández se impuso en la contienda interna del PLD. Y era de esperarse. Como denunció a posteriori el mismo licenciado Medina, contra él se usó toda la fuerza del poder y del dinero. Pero es casi seguro que él no ignoraba (se trata de un político avezado y gran estratega) que el Estado se volcaría en contra suya. Era, pues, la “crónica de una muerte anunciada”.

Lo que no esperaba el licenciado Medina era que mucha gente que le debía su principalía política a él le traicionara y, por otra parte, tampoco el trato desconsiderado, burlón y despiadado que le dio su antiguo alter ego y amigo, el doctor Fernández.  

A nuestro modo de ver, lo que no calibraron adecuadamente el licenciado Medina y sus estrategas, confiados en su cercanía con los dirigentes medios del PLD, fue que su partido ya no era una organización de cuadros sino de masas.

Y modernamente en América Latina ganar una contienda interna en un partido de masas muchas veces no tiene nada que ver con la verdad ni con la justicia sino con el dinero, las dádivas, las ofertas y la publicidad: estos elementos quiebran la relación institucional de dependencia entre la dirigencia media y las bases, y aquella puede terminar desbordada y preterida.

Por lo demás, los danilistas no repararon en que las masas que votarían en las primarias no eran ni son de extracción peledeísta en su gran mayoría (casi dos tercios de los militantes actuales del PLD proceden del balaguerismo).

Si las primarias se hubieran desarrollado con la sola votación de la militancia de extracción peledeísta, las posibilidades del licenciado Medina habrían sido auspiciosas (talvez ello sea lo que explique el 28 por ciento que obtuvo, contra todos los pronósticos de los entendidos en la materia)…Pero las ganó Leonel porque tenía el poder, tan caro para los balagueristas renegados que se reciclaron, quienes son, a contrapelo de los deseos de los antiguos boschistas, la nueva mayoría del PLD. 

(*) El autor es abogado y profesor universitario     

LA SOCIALDEMOCRACIA: EL CAMINO DE HOY 

Por Luis R. Decamps R. (* 

Teodoro Petkoff, el legendario dirigente socialista venezolano que en los años setenta esbozó las pautas para el nacimiento de una nueva izquierda en América Latina, recién acaba de recordar, en una entrevista publicada en la edición digital de “El universal” de Caracas, que “una sociedad funciona bien cuando se rige por la vieja formulita socialdemócrata de tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”.              

La socialdemocracia, como se sabe, desde que apareció en su versión moderna (esto es, la del siglo XX, no la decimonónica kautskyana-leninista), se ha caracterizado por postular, en el marco de una régimen político de democracia electoral y libertades, un modelo de organización económica, social y cultural en el que prevalezca el interés común (tributado estatal o comunitariamente) sin sacrificar la iniciativa individual, la propiedad privada y el mercado libre no contaminado.

Los planteamientos de la socialdemocracia moderna, bocetados tímidamente desde el último decenio del siglo XIX por Eduard Bernstein pero finalmente delineados en el Congreso fundacional de la Internacional Socialista de Frankfurt de 1951, en principio fueron considerados (en tanto constituían una propuesta de virtual impugnación de la entonces alucinante antinomia capitalismo-comunismo) quiméricos, ingenuos o simplemente hijos de la vacilación ideológica y la traición política.  

Por supuesto, esas consideraciones críticas resultaban a la sazón consistentes con el hecho de que la doctrina socialdemócrata moderna, con los planteamientos reseñados, empezó a tomar distancia respecto de sus raíces marxistas clásicas (protagonizando una ruidosa ruptura que tuvo hondas repercusiones internacionales) y, paralelamente, se fue acercando a las formulaciones de la parte más avanzada y menos dogmática del pensamiento social de la iglesia y a las ideas de los reformadores económicos de occidente (tipo John Maynard Keynes, Joan Robinson, Richard Kahn o Luigi Ludovico) que perseguían una “humanización del capitalismo”. 

Como ha de recordarse, en términos partidarios la socialdemocracia moderna fue objeto de feroces ataques de sus contradictores de todos los colores políticos e ideológicos: desde la acusación de revisionistas y social-pacifistas (hecha por los leninistas de post-guerra debido a su apuesta de retorno al olvidado humanismo del ideario socialista), pasando por la de “filo-comunistas” (formulada por la derecha política, el neo-fascismo y lo más granado del patronato conservador) y llegando a la de “reaccionarios disfrazados de progresistas” (lanzada por maoístas, trotskystas, castristas, guevaristas y otras denominaciones de revolucionarios de verbo en ristre). 

No obstante, a casi sesenta años de haber tomado forma la apuesta socialdemócrata moderna, y luego de desmoronarse el modelo leninista-stalinista soviético que duró casi siete décadas y de la resurrección una vez más del “capitalismo salvaje” con sus brutales inconsecuencias frente al ser humano común y corriente, el modelo que ella ha preconizado se mantiene vivo, fresco y fructificando, sobre todo porque ha significado (y significa todavía) una seria esperanza de progreso, libertad y bienestar para la gente. 

La verdad es, en puridad de hechos, que el devenir histórico reciente ha demostrado recurrentemente la superioridad del modelo socialdemócrata sobre los restantes, y no sólo porque en las latitudes en que ha prevalecido han existido y existen los más altos índices de desarrollo humano en libertad y los más elevados estándares de vida social y económica sino también porque se ha mantenido impertérrito y funcional mientras los otros modelos, en ambos extremos, han sufrido constantes caídas, llegando, en algunos casos, hasta a desaparecer. 

Naturalmente, estamos hablando del modelo socialdemócrata de verdad (del que ha sido responsable de la edificación de sociedades paradigmáticas en Europa del Norte, de la erección de los grandes sistemas de seguridad social de Europa Central y del Sur, de la promoción de las viejas y las nuevas libertades en toda la ecúmene, o de los mayores y más exitosos procesos de cambios progresistas en América Latina y Asia sin recurrir a la dictadura política), no de las burdas caricaturas (simples apelativos, absurdas mascaradas, mera retórica) que pululan actualmente en algunas de las naciones del Tercer Mundo.    

Estamos aludiendo, reiteramos, a la socialdemocracia que, siendo poder, ha invertido en la educación del ciudadano y en la salud pública, y ha auspiciado la iniciativa individual para la creatividad y la producción de bienes y servicios, estimulando el comercio y abriéndose a la inversión extranjera. Es decir, nos referimos a la socialdemocracia que acepta y promueve el libre mercado y los negocios privados, pero que no renuncia al rol del Estado como regulador social y promotor del bienestar del individuo.    

La humanidad, francamente, debería volver el rostro hacia esa socialdemocracia, y más en estos momentos en que el modelo neoliberal (nombre nuevo del antiguo neoconservadurismo anti-estatista de Friedrich Hayek y sus discípulos) ha fracasado estrepitosamente en todas partes, ya fuese aupado por sus tradicionales conmilitones de la “inteligencia” política capitalista, o ya impulsado por antiguos comunistas, socialdemócratas o socialcristianos que se echaron alborozadamente en brazos de los dictados del Consenso de Washington. 

Y ello puede resultar mucho más necesario ahora, cuando las opciones frente al modelo neoliberal que se les están planteando a los pueblos son inaceptables por anticuadas e infecundas: en el mundo desarrollado las fórmulas extremas de la revivida derecha fundamentalista, y en el mundo no desarrollado el antiguo modelo populista- estatista con visos de providencialismo. Se trata, valga la insistencia, de plataformas ya conocidas, con hórridas referencias en el pasado, y cuyos resultados todos conocemos de antemano: fracasarán porque son insostenibles política, moral, social o financieramente. 

El camino es, pues, actualmente, en síntesis un poco apretujada y con las ya citadas palabras de Petkoff, “la vieja formulita socialdemócrata de tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”. 

 (*) El autor es abogado y profesor universitario 

LA TRANSFIGURACION HISTÓRICA DEL PLD

  Por Luis R. Decamps R. (*) 

El Partido de la Liberación Dominicana (PLD) es, sin la menor duda, la organización política vernácula que ha experimentado las más inverosímiles y radicales transformaciones en los últimos tiempos. 

Desde luego, no es que los demás partidos no hayan sido trastocados por importantes modificaciones internas. El sólo hecho de que desaparecieran los grandes conductores (o de que algunos de los liderazgos conocidos fueran desplazados), entrañó per sé un cambio trascendental casi para todos.

El fenómeno, insistimos, ha involucrado a las organizaciones de la derecha tradicional, reservista, cristiana o ultranacionalista (PRSC, PNVC, PQD, FNP, por ejemplo), a las del centro (PLD, PRD, PRI, UD, etcétera) y a las de izquierda (FR, PCT, MIUCA, verbigracia).

Pero, claro, el fenómeno ha sido más identificable en los grandes partidos (acaso debido a que es menos difícil escrutarlos y a que la mirada del observador apunta más hacia ellos), y sobre todo, como se ha señalado precedentemente, en el PLD, donde las mutaciones, conversiones, volteretas y reconversiones han sido verdaderamente dramáticas.              

    Miremos el caso del PRD, verbigracia. No hay dudas de que sigue figurándose como el mismo PRD de ayer, aunque en su seno se haya producido una notoria retirada de sus antiguas posiciones ideológicas, una relativa disminución pública de la alharaca de los grupos y, sobre todo, un cambio de mando que se refleja en un estilo de dirección menos personalista pero más elitista. Por más que se esforzara en demostrar lo contrario (si lo intentara), el sesgo de su pensamiento, sus giros de lenguaje, su estilo, su forma de hacer política, todo, en una palabra, devela que se trata del PRD de siempre: sus cambios no han sido radicales tras la desaparición de Peña Gómez.  

     Algo análogo pudiera afirmarse del PRSC. Se proyecta en la vida nacional guardando las mismas similitudes orgánicas y conceptuales de antaño, aunque también se remozara dirigencialmente -como ha ocurrido- y se haya disminuido electoralmente en los últimos tres lustros a resultas         -entre otros factores- de la desaparición de su máximo líder y de sucesivas deserciones, ejercicios de transfuguismo y hasta microescisiones. Por más que intente exhibir lo contrario, sigue siendo el PRSC de siempre: sus cambios no han modificado la naturaleza, el carácter y las metas estratégicas de la entidad. Sin Balaguer el PRSC tiene menos volumen, pero el frasco y su contenido son los mismos de ayer. 

     El PLD, en cambio, insistimos, es un verdadero fenómeno de mutación en todos los sentidos. Los trastrueques que se han producido en su interior han sido descomunales, y en estos momentos no es ya, si hacemos caso omiso de los cada vez menos frecuentes arrestos de nostalgia que esporádicamente se manifiestan en sus entrañas, la organización revolucionaria, filo-intelectual, moralista y de clase media que fundara el profesor Juan Bosch “para completar la obra de Juan Pablo Duarte” y lograr “la liberación” del pueblo dominicano. Del viejo y petulante elitismo (“el país se divide en peledeístas y corruptos”, “el PLD no es un partido para los ignorantes”, “el PLD es la negación de los vicios de la sociedad dominicana”, etcétera) sólo queda el Comité Político, y cuidado si como rémora y no como remanente.  

Ciertamente, en franca disparidad con sus orígenes y con los desarrollos de la época boschista, el PLD de hoy cada día se nos revela, al margen de una palabrería publicitaria que practica a todas luces el “doctormerenguismo” (arte de decir una cosa cuando se está pensando lo contrario), como un partido clientelista, no ideológico, neo-conservador y utilitarista que se esfuerza por insertarse conscientemente dentro de las grandes coordenadas conceptuales y factuales del sistema al que tanto combatió su fundador. En consecuencia, el PLD de la época leonelista no es ni la sombra del partido que creara el profesor Juan Bosch en diciembre de 1973: antes al contrario, en una miríada de aspectos es su más absoluta negación.  

El autor de estas líneas no sabe a ciencia cierta cómo se sienten actualmente los peledeístas de antigua data con esa transfiguración histórica del PLD, pero si fuera él que estuviera en sus zapatos, evadiendo palabrotas y resabios por aquello de que “el poder aplaca el alma”, por lo menos tuviera (pendejada más, pendejada menos) ciertos momentos de tristeza y algunos ocasionales arrebatos de mala conciencia. 

(*) El autor es abogado y profesor universitario

EL POLÍTICO Y EL ESTADISTA

Luis R. Decamps R. (*) 

Benjamín Disraeli, el político y escritor inglés que promovió en la Era victoriana la transformación orgánica y conceptual del Partido Conservador, solía decir que la diferencia entre un político y un estadista reside en que mientras el primero piensa en las próximas elecciones, el segundo piensa en las próximas generaciones.  

Al florecer las civilizaciones referenciales del mundo occidental, el estadista era el gobernante debido a cuyo genio o apoyo nacían las leyes nodales y se erigían las instituciones políticas. Luego, en un cierto retorno al pasado, también lo pasó a ser el conductor político que desarrollaba guerras victoriosas o memorables jornadas sociales.

No en vano la fuerza, la virtud y la sabiduría (separadas o no, y excepción hecha de las derivaciones de los nexos dinásticos y religiosos) devinieron los valores políticos predominantes durante las culturas primigenias. Los más ilustres gobernantes de Grecia, primero en Atenas y más adelante en Esparta, por ejemplo, resultaron nimbados por el aura de la inmortalidad en razón de la posesión de tales atributos.   

Por supuesto, a posteriori empezó a imponerse la concepción de gobierno vinculada a la grandeza personal, la familiaridad con los dioses y la vanidad del poder, que había echado raíces en los regímenes despóticos de Oriente, contra-referentes políticos de la cultura occidental.

En Roma, por ejemplo, al morir la república la idea del estadista comenzó a relacionarse con el levantamiento de obras materiales que impactaban con su presencia avasallante la mente sencilla del individuo común, obras que estaban destinadas a fines paganos o a la glorificación del gobernante que las ordenaba.

Tal racionalidad se enseñoreó durante siglos en el quehacer político y gubernamental, pero a partir de la insurgencia de las ideas liberales y socialistas (fines del siglo XVIII y segundad mitad del siglo XIX, respectivamente) comenzó a perfilarse una polémica que aún se mantiene viva: la que se refiere a la cuestión de si el político, cuando asciende a las cumbres del poder, debe privilegiar en su acción de gobernar las grandes realizaciones materiales o la atención a las necesidades vitales y cotidianas de la gente común.  

La controversia apuntaba en principio, obviamente, contra la concepción monárquico-cortesana que identificaba las grandes edificaciones con el progreso social, pero en nuestro tiempo, en realidad, es hija de un problema que es inherente a la administración del Estado: la insuficiencia de los recursos a mano para encarar las exigencias de bienestar tanto de la colectividad como del individuo en particular.

¿Qué, pues, valga la insistencia, se debería privilegiar a ese respecto? ¿Las realizaciones materiales o la atención a las necesidades vitales de la colectividad y del individuo? Lo cierto es que la respuesta a tal interrogante, en la actualidad, ante todo depende de la latitud del mundo en que se formule. El planeta no es una realidad homogénea sino, por el contrario, una suma fragmentaria de agregados sociales y de heterogeneidad material y espiritual.  

En los países desarrollados las obras materiales son producciones de generación casi mecánica (hijas de una rutina gubernamental o privada fundada en las necesidades sociales), y a nadie se le ocurría calibrar a un gobernante en función de ellas. Ni edificios ni avenidas ni monumentos ni trenes pueden ser instrumentales de campaña electoral. A la inversa: una administración gubernamental en estos países se evalúa como positiva o negativa en virtud de  las “facilidades” sociales y el bienestar personal que le ha garantizado a la población.  La gente, a la postre, es lo que importa. 

En los países no desarrollados, en cambio, donde la ignorancia y el fanatismo cunden por doquier, donde la gente agoniza diariamente en brega contra el hambre y las carencias, donde el Estado presume de ser el principal distribuidor del bienestar personal, la respuesta a la pregunta de marras está estrechamente vinculada a las expresiones citadas al comenzar estas disquisiciones: depende de si el gobernante piensa y actúa como un político o como un estadista.

En efecto, si se trata de un político de pura cepa, sus preocupaciones estarán cifradas en las próximas elecciones, y se decantará por la realización de obras que puedan ser reivindicadas en una campaña electoral, sin importar viabilidad moral, estudios, costos o utilidad real. Se trata de la vieja vitrina de don Chencho: “¡Esto…lo hizo Balaguer!” 

Desde luego, la labor de reivindicación, como puede comprobarse en cualquier proceso electoral en nuestros países, se manejará siempre como alienación colectiva (muestrario de cuentas de vidrio y cascabeles para el arrullo), creando en la población la apócrifa impresión de que esas obras son expresiones incuestionables de progreso o de que fueron patrocinadas por el gobernante de turno con recursos “propios”, cuando en realidad muchas veces no le favorecen a la mayoría, constituyen un uso deleznable del dinero de los contribuyentes y, además, únicamente han sido un pingüe negocio para ciertos funcionarios o asociados a éstos.   

Ahora bien, si el gobernante es un estadista estará más preocupado por los problemas de los seres humanos y por el destino de las generaciones por venir. Es decir, las grandes líneas de acción gubernativa privilegiarán a la gente (producción, alimentación, salud, educación, vivienda, seguridad social, etcétera) independientemente de que sus resultados no sean inmediatos y, por consiguiente, tampoco explotables en las próximas elecciones.

Su mayor satisfacción será ver cómo se reducen la miseria, la desnutrición, la insalubridad, la ignorancia, el hacinamiento y la desprotección de la población madura y anciana. La mira estará puesta en sus congéneres, no en los resplandores del hábitat. 

La verdad es, en el sentido que discutimos, tan simple como sabida: debido a las honduras de nuestras carencias y precariedades, lo ideal sería hacer un equilibrio de inversiones, de suerte que el gobierno pueda paralelamente invertir en la gente y en la infraestructura material de la sociedad, pero en nuestros países el presupuesto nacional no es suficiente para ello, y por consiguiente los gobernantes tienen que saber seleccionar sus prioridades… Claro, reiteramos, éstas finalmente dependerán de si se está pensando en las próximas elecciones o en las próximas generaciones.

 

LEONEL FERNÁNDEZ EN LA HORA CERO    

Por Luis R. Decamps R. (*) 

La actual coincidencia en el tiempo del llamado choque petrolero, la crisis alimentaria mundial y el “desguañangue” de las finanzas públicas a resultas del proceso comicial recién transcurrido, a no dudar, se constituirá en el más importante desafío que ha tenido ante sí el doctor Leonel Fernández como gobernante de la República Dominicana.   

Ciertamente, aunque en los últimos cuatro años se puso en boga (sobre todo entre prosélitos, beneficiarios y lambiscones de toda laya del gobierno) destacar el talento y la experticia del doctor Fernández como gobernante (especialmente por oposición a las alegadas ineptitudes del gobierno del PRD), resultaba hasta ahora ostensible, a la luz de la más elemental verdad, que a él le había correspondido ejercer la presidencia literalmente en la cresta de la ola, es decir, en medio de coyunturas nacionales e internacionales asaz favorables.    

En tal sentido, ha de recordarse que la primera gestión del doctor Fernández (1996-2000) se inauguró de manera auspiciosa en razón, fundamentalmente, de que heredó del doctor Joaquín Balaguer un gobierno macro económicamente equilibrado como consecuencia, entre otros factores, de la reforma fiscal de 1992 (Ley No. 11-92 del 16 de mayo de 1992), una prudente política de gasto público, la prosperidad de la economía norteamericana durante la administración Clinton, una nómina estatal manejable y unos precios internacionales del petróleo no muy gravosos.  

Más concretamente, el doctor Fernández recibió del doctor Balaguer un país que crecía a un ritmo de 7.8 por ciento en promedio (entre 1992 y 2000), que contaba con un presupuesto que había saltado en 36 meses a cifras astronómicas y que durante varios años consecutivos cerró con una balanza de pagos aceptable.

Tal situación le permitió decir en 1996 al líder reformista que le entregaba al doctor Fernández un país que era “como un avión listo para despegar”. Este panorama bonancible sólo empezó a modificarse a partir del choque petrolero del año 2000: de un precio promedio de 17. 83 dólares en 1999, el llamado “oro negro” pasó a costar 28.82 (también en promedio) en los meses finales de la administración del líder peledeísta. 

También ha de tenerse en la memoria que cuando el doctor Fernández tomó el poder en el 2004 lo peor de la crisis financiera del 2003 había pasado. En agosto del 2004, efectivamente, ya los indicadores macroeconómicos estaban en franca mejoría: los elementos impulsores del crecimiento se habían situado en perspectiva de recuperación, la tasa de cambio se había colocado en 42 pesos por un dólar (había estado hasta a 55 por un dólar en febrero), y la tasa de interés había bajado a un 36 por ciento (había llegado hasta a un 50 por ciento desde principios de año).

Esto fue, en general, lo que le permitió al doctor Fernández hacer un “gobierno por gravedad”: no adoptó ninguna medida nueva sino que simplemente se dedicó a darle continuidad a las políticas aplicadas por el gobierno anterior desde fines de 2003. 

Obviamente, lo que habrá de enfrentar el doctor Fernández en su tercer gobierno será totalmente diferente, pues en estos instantes hay un grave desequilibrio de la cuenta corriente (según Temístocles Montás, cerrará el año 2008 a un nivel del 8 por ciento del PIB), la factura petrolera se ha elevado considerablemente (2 mil  millones de dólares adicionales con relación al 2007.

Ha dicho el propio presidente Fernández en su discurso del 17 de los corrientes), el nivel cuantitativo de la producción agrícola y pecuaria del país está en una de sus peores épocas (conforme a diferentes asociaciones de productores y a las propias autoridades del sector) y el nivel de inflación para este año será de dos dígitos (superando las expectativas al tenor del Banco Central).  

En lo que atañe a los subsidios a la electricidad y al gas propano (el primero requeriría 15 mil millones adicionales respecto al 2007, y el segundo se elevaría en este año a 13 mil millones de pesos, según las proyecciones del gobierno), aunque el presidente Fernández ha anunciado su “focalización” en la pieza oratoria mencionada precedentemente, la presión que ellos involucran sobre la finanzas públicas ya surtió sus efectos devastadores en el primer semestre del año en curso.

Naturalmente, nadie ha hablado aún ni del peso sobre las finanzas públicas ni del destino que tendrán los subsidios al gasoil de los industriales, al transporte público y a los bienes de venta en colmados y supermercados. 

Como se ha señalado al inicio de estas líneas, esas críticas realidades tienen como telón de fondo un Erario exhausto por el abuso del gasto público en el proceso electoral, la desmesurada elevación de los precios del barril de petróleo, la crisis de la economía norteamericana y, por supuesto, el aumento de los costos de los principales rubros alimenticios (arroz, maíz, soya, trigo, grasas comestibles, leche, etcétera) en los mercados internacionales.

La terrible confluencia de todos estos elementos críticos es, pues, si vemos bien las cosas, como una granada fragmentaria lista para explotarle en las manos y en el rostro al doctor Fernández. No parece exagerado, por vía de consecuencia, decir que la crisis actual puede ser una verdadera prueba de fuego para el mandatario dominicano.

En bastantes sentidos, será ahora cuando se “graduará” o se “quemará” como gobernante. Ya no estará en la cima del oleaje sino que, por el contrario, tendrá que gobernar prácticamente “al filo de la navaja”. Está, virtualmente, en su hora cero.  

¿Pasará la prueba el doctor Fernández? ¿Logrará sortear los graves problemas de hoy sin que el dominicano común termine aplastado por el peso de los mismos y a la postre se los cobre políticamente? Sólo el tiempo podrá responder con exactitud estas interrogantes. Pero, debido a que actualmente existen justificadas reservas sobre la eventual aplicación y la verdadera efectividad del pliego de medidas contra la crisis que ha anunciado, es inevitable, absolutamente inevitable la duda…     

 

(*) El autor es abogado y profesor universitario    

lrdecampsr@hotmail.com 

  

LOS DESAFÍOS INMEDIATOS DEL PRD 

Luis R. Decamps R. (*)

    La reafirmación del perredeismo como una de las tendencias socio-políticas fundamentales de la República Dominicana, patentizada de manera incontrastable en los resultados del proceso comicial de mayo retropróximo, sitúa inexorablemente al PRD, como vehículo orgánico que la contiene y expresa, frente a una serie de trascendentales desafíos inmediatos. 

Obviamente, el primero de esos desafíos consiste en mantener a todo trance una monolítica unidad interna (tan reiteradamente amenazada en el pasado no muy lejano por la insurgencia y el contrapunteo de aspiraciones legítimas o bastardas), pues existe la percepción generalizada de que ésta influyó poderosamente en el mejoramiento de la imagen del PRD, el incremento de su caudal electoral y su casi milagroso reposicionamiento en el escenario político dominicano.  

    En consecuencia, resultaría harto provechoso para su causa que los perredeístas de todas las gradaciones entiendan que los cuestionamientos y las críticas que se ciernen actualmente sobre la conducción y el desarrollo del proceso electoral de la víspera, necesarios y justificados tras una jornada no enteramente victoriosa, deberían realizarse sin voceríos ni turbamultas (evitando el dicterio, la anarquía y la cuchilla “renovadora”), esto es, en un marco de respeto, de ponderación de las discrepancias y de apuestas por la superación de errores, inconsecuencias o inconductas al tenor. 

    No es ocioso recordar, en el sentido apuntado, que el peligro de no abordar adecuadamente los cuestionamientos y las críticas reside siempre en que éstos pueden desembocar en enfrentamientos caóticos que debiliten la institucionalidad y terminen quebrando los cimientos de la democracia interna, provocando el resurgimiento del laborantismo fraccional y de los consiguientes amarres de aposentos, tan proclives a enseñorear a la mediocridad y al utilitarismo vulgar en los órganos de dirección.