El surgimiento del Movimiento 14 de Junio
Con
el fin de desencadenar la lucha contra la tiranía trujillista, en la segunda
mitad de 1959 se constituyó, en gran parte del territorio dominicano, una
organización clandestina que terminó siendo denominada Movimiento
Revolucionario 14 de Junio. Como avance de un estudio general, en este
artículo se analiza una de las tantas organizaciones que convergieron como
producto de las expediciones de junio de 1959.
Junto a la profundización de rasgos generales del Movimiento se advierte la
heterogeneidad de sus organizaciones, producto de la diversidad de
relaciones sociales en los distintos entornos regionales del país, así como
de la fragmentación que se desenvolvían los núcleos conspirativos. Desde el
momento en que los documentos son escasísimos, la historia germinal del 14
de Junio solo es factible de realizarse sobre la base de entrevistas,
procedimiento que comporta la ventaja de incorporar las motivaciones y consideraciones subjetivas de los protagonistas.
A lo largo de la dictadura de
Trujillo, la ciudad de Puerto Plata era reconocida como arquetipo de la
disidencia. Por esto las expediciones desde el exterior procuraban
desembarcar en sus cercanías. No fue casual que la única incursión contra
Trujillo antes de 1959 se hiciera en la provincia, por Luperón, el 19 de
junio de 1949, en base a acuerdos con la organización clandestina denominada
Frente Interno, que tenía su principal base en Puerto Plata.
En esa ocasión,
víctimas de un agente provocador, fueron detectados los dos jefes puertoplateños del Frente Interno, Fernando Suárez y Fernando Spignolio,
quienes perecieron después de ser cercados y haber ofrecido heroica
resistencia durante toda una noche. En los días subsiguientes, más de veinte
de los conjurados fueron asesinados. Un golpe tan demoledor impidió que
volvieran a formarse grupos organizados en la ciudad, pero el descontento
generalizado se mantenía incólume.
Trujillo reaccionó ante la
hostilidad puertoplateña castigando a la ciudad, la cual quedó en un
excepcional estado de abandono, casi comparable a los de Monte Cristy y
Sánchez. Los importadores eran presionados para que utilizaran los servicios
navieros del dictador, que se llevaban a cabo a través de la capital.
Por eso, fue
desmantelado el Ferrocarril Central y dejaron de llegar al puerto varias
líneas de buques, desapareciendo las empresas consignatarias o trasladándose
a Santo Domingo. Puerto Plata, empero,
seguía considerada "ciudad industrial" por la existencia de unas pocas
empresas, como Brugal y Co., la Fábrica Nacional de Fósforos de la familia
Ariza, una fábrica de pastas propiedad de norteamericanos y luego la
Chocolatera Industrial.
Pero, en el fondo, la clase burguesa había sido
minimizada a causa de haber sido duramente agredida por Trujillo, que se
había apropiado de amplios patrimonios, como fue escandaloso con los de la familia Batlle.
La situación era tan especial
que la burguesía tenía una posición generalizadamente antitrujillista. El
origen de esa actitud es previo a la agresión económica del régimen, y su
magnitud inusual se explica precisamente por dicha posición, que cabe situar
en parámetros de identidad social, en lo que seguramente intervenían los
conceptos sobre la "sociedad de primera.
Por supuesto, al igual que en
todas partes, los burgueses tenían que simular adscripción al régimen,
aunque este no se preocupaba en especial de situarlos en posiciones del
aparato público en Puerto Plata.
Pese a tal unanimidad opositora
y a tantas agresiones del tirano, la porción prestigiosa de la burguesía se había retraído de toda
forma de acción, en virtud de un conservadurismo consustancial, entendible
tanto desde el punto de vista de los criterios políticos
como de la cautela extrema ante el régimen y ante cualquier acto sedicioso.
Así las cosas, el tirano ni se preocupó por estorbar las actividades del Club del Comercio, foco de la "sociedad de primera", que en Puerto Plata
tenía uno de los modus operandi más excluyentes del país.
La gran excepción en el
antitrujillismo beligerante entre los de primera se encontró en un grupo de
notables, profesionales liberales e intelectuales, reconocidos como
desafectos, entre quienes sobresalían José Augusto Puig, Pin Pelegrín,
Germán Ornes, Rafael del Valle y Carlos Grisolía Poloney.
Eran por igual de
mentalidad conservadora, pero algunos como Puig trataban de estar en todas las conspiraciones. Este conglomerado de
amigos ostentaba una suerte de representación virtual de la generalidad de
la población, que no se expresaba, sobre todo de los círculos socialmente
prestigiosos.
Se comprende que la base social
activa del régimen fuera minúscula, compuesta esencialmente por burócratas de clase
media, quienes tenían vedada la participación en los aludidos mecanismos de
socialización. Eran unos cuantos carreristas que se tornaban fanáticos al
haber accedido a una diputación o a puestos pobremente remunerados en la
seccional de la Confederación de Trabajadores y otras agencias
gubernamentales.
Una parte de los integrantes de estos trujillistas
provenían de la masa del pueblo, cuyos rangos mayoritarios son catalogados
por los entrevistados como trujillistas, a causa de su ignorancia, con
bastante más intensidad por ende en el campo que en la ciudad.
Esto último no tenía nada de
raro en el país, aunque en verdad en Puerto Plata ofrecía connotaciones
dignas de aclararse. En la ciudad, aunque la base de la oposición activa se
hallaba en la precaria clase media, había sectores amplios de los
trabajadores imbuidos del antitrujillismo, sobre todo los de cierta
tradición urbana y con un mínimo grado de instrucción.
En el campo, aunque
la inmensa mayoría se reconocía por la adherencia al régimen, los
conspiradores siempre contaban con personas de confianza, ya que existían
franjas de "desafectos", aun fueran reducidas. Según argumenta Samuel Arias,
estos opositores pertenecían a estratos no muy desfavorecidos del campesinado, con un "concepto" que los diferenciaba de los pobres más
típicos. Lo interesante es que, con todas las especificaciones de lugar, no
eran raros los campesinos y otros pobres dispuestos a correr riesgos; la
mayoría opositora, como es lógico, seguía
paralizada por el miedo.
En Puerto Plata existían, por
ende, las condiciones para que, en el Movimiento 14 de Junio, se diera el
caso límite de confluencia simultánea de trabajadores y campesinos junto a
burgueses. Esto puede haberse debido a los efectos genéricos del prototipo
cibaeño de conexión entre clases sociales, puesto que tendencias similares
se encuentran por igual en Monte Cristy y Santiago, en cuanto a trabajadores,
o en Moca y Salcedo, a campesinos. Pero debe agregarse como factor crucial
la excepcional retroalimentación del espíritu opositor.
Ahora bien, aun en este
panorama de oposición de espectro inusual, la formación del 14 de Junio
correspondió a jóvenes de clase media, aunque había asimismo algunos de la
burguesía. Los promotores se reconocían ante todo por pertenecer a familias
irreductibles de enemigos.
Era el caso de Fernando Cueto, hijo de Fernando
Suárez, líder del Frente Interno, caído en combate como se ha visto. Por lo que refieren los testimonios de Cueto y Juan Carlos
Morales, entre los promotores tempranos de lo que vendría a ser la seccional
puertoplateña del 14 de Junio, aparte de
ellos dos, sobresalieron Germán Silverio, Gerónimo Escaño y Odalís Cepeda.
Es presumible que ellos, que
hasta entonces se limitaban a conversar, decidieran activarse a partir del triunfo de Castro en Cuba, tornándose
junto a quienes los siguieron, como en todo el país, en partidarios del paradigma revolucionario.
Empero, no incorporaban matices ideológicos
definidos de ningún tipo. No se consideraban izquierdistas ni tenían noción
alguna de marxismo o socialismo. Aspiraban a la caída de la dictadura y al
establecimiento de un gobierno democrático, que de acuerdo a Juan Carlos
Morales coadyuvara a mejorar la calidad de vida y a insuflar dignidad al
pueblo.
En tal sentido, los entrevistados perciben retrospectivamente una
sólida homogeneidad de su conglomerado. No se habían orientado hacia la
izquierda pero tampoco tenían en su seno el equivalente de una oposición
conservadora. En vida de Trujillo no se
registró ningún debate político o ideológico intestino entre los
puertoplateños.
Quizá dicha homogeneidad explica que en su buena mayoría se
reincorporaran al 14 de Junio cuando pasó a funcionar en la legalidad tras
la muerte de Trujillo. En este destino se revela
una inclinación izquierdista, tenue y no racionalizada, ya lograda bajo la
dictadura, contrastante con la postura de los profesionales notables,
quienes pasaron a la larga a constituir el núcleo duro de la Unión Cívica
Nacional.
En base al objetivo enunciado,
a inicios de 1959, decidieron la creación de una organización dirigida a
respaldar la previsible expedición. Para esto se pusieron de acuerdo
fundamentalmente Silverio, Cueto y Morales, quienes tomaron las decisiones
básicas incorporando a otras personas de confianza con las que venían
conversando acerca de dicho propósito.
Ante todo determinaron el
material humano con el cual trabajarían, desechando la idea de conquistar a
los notables, suponiendo que no aceptarían acompañarlos por considerarlos
muchachos inexpertos. Adicionalmente, les interesaba en especial reclutar a
quienes estuvieran en disposición de empuñar las armas al margen de
ubicación social, nivel educativo o cualquier otro indicador, a no ser el de
la edad: no debían ser maduros, pero tampoco demasiado jóvenes, ya que estos
últimos podían cometer indiscreciones.
Antes de proceder a la
formación de la organización, se constituyeron como comité de dirección,
organismo en el cual integraron al doctor Antonio Vásquez y a Rafael Arzeno,
dos de los pocos de mayor edad y de cierta prestancia social en el colectivo.
No había jerarquías internas ni posiciones en dicho comité, aunque más
adelante designaron a Silverio como "representante", ya que como universitario tenía mayor libertad de movimiento por el país, sin
levantar sospechas.
La incorporación de Vásquez y Arzeno no subsanó el hecho
de que tuvieran un menor grado de involucramiento en las tareas prácticas,
lo que no deja de constituir una señal sobre la fisonomía juvenil
del colectivo.
En los primeros meses de 1959,
a secuela de las iniciativas de este comité, quedaron estructurados varios
grupos de acción de la organización clandestina. Se formaban por instancias
del comité, el cual designaba al responsable y este entonces procedía a
integrar a la gente de confianza, para en lo adelante operar con cierta
autonomía. En esos meses quedaron formados los siguientes grupos:
El dirigido por Odalís Cepeda,
que incluía trabajadores de la Chocolatera Industrial. Este grupo estaba
considerado muy sólido y tenía asignada tareas de sabotaje.
-El del Ingenio Monte Llano,
cuyo responsable era Leonardo del Valle, químico en esa empresa. Del Valle
es catalogado por sus compañeros como un sujeto de gran seriedad y fue
ejecutado en El Nueve, antro de torturas.
-El grupo de Sosúa, que tenía
por coordinador al doctor Alejo Martínez, uno de los luchadores más firmes
de la provincia. Se reunía donde Victoria Vda. Arzeno. Martínez fue
asesinado en un incidente callejero durante la lucha contra los remanentes
de la dictadura, a mediados de 1961.
-El grupo de Imbert o
Bajabonico, dirigido por el doctor Virgilio Reyes.
-El de la zona baja de la
ciudad, dirigido por Félix Lahoz, uno de los escasos integrantes del Frente
Interno de los años cuarenta que se insertó en el 14 de Junio.
-El colectivo de mujeres, bajo
el control directo del comité y específicamente de Fernando Cueto. Tenían
las damas por encomienda conseguir dinero y medicinas y confeccionar
mochilas para la proyectada guerrilla. Se encontraban ahí, entre otras, Aída
Arzeno, Ana Valverde Vda. Leroux, Argentina Capobianco, Italia Villalón,
Elena Abréu, Carmen Jane Bogaert de Heinsen y Miriam Morales.
Más adelante, en la segunda
mitad del año, se conformaron nuevos grupos, entre los que, aparentemente,
sobresalieron tres, cuyas ubicaciones en parajes montañosos revelan la
prioridad que se pasó a conceder a la guerrilla: El de Yásica, dirigido por
Jesús María Alvarez (Boyoyo), que tenía la encomienda de conseguir los
contactos que permitieran el levantamiento guerrillero, por lo que constaba
de campesinos.
-El de Luperón, dirigido por
un apellido Vargas, en que también había campesinos.-El grupo de El Mamey, también
uno de los más sólidos, dirigido por unos mellizos primos de Luis Gómez.
El ideal era que cada grupo
operase como una unidad operativa con fines insurreccionales. Por eso no debían ser
muy pequeños ni muy grandes, esto último por el peligro
del espionaje. Quizá el promedio de integrantes de cada grupo era de unos
diez integrantes; no obstante no había un número fijo, ya que no respondían
a una estructura al estilo de La Trinitaria,
como pensaron los agentes del Servicio de Inteligencia Militar, que erradamente extrapolaron la
directriz en otras organizaciones.
No había un criterio organizativo definido, dada la inexperiencia,
operando de acuerdo a la fuerza de la inercia y de las circunstancias
momentáneas. El grupo era más bien una unidad de combate, que no se reunía
en plenaria, a no ser raramente, y que dependía por completo de las
orientaciones de los responsables o de dos o tres de los más constantes, al
tiempo que estos se subordinaban por completo al comité.
Llama la atención que los
grupos estuvieran localizados fuera de la ciudad, con excepción de los
dirigidos por Cepeda y Lahoz y el de las mujeres. Se infiere de ahí que el
resto de personas estaban relacionadas por vínculos personales, pues varios
de los presos en enero de 1960 residían en la ciudad.
Logrado el nivel referido de
organización, se plantearon los objetivos, destacándose una serie de
acciones de sabotaje. Fue una preocupación constante proveerse de armas
cortas, a fin de tener un medio de protección cuando se realizasen dichos
operativos.
Al efecto, algunos de los más beligerantes hicieron
rudimentarios ejercicios de entrenamiento militar en una residencia
suburbana; ahí se destacaba Gerónimo Escaño, ex-militar, de valentía a toda
prueba y de gran disposición al combate, al grado que pereció en el
levantamiento guerrillero de noviembre de 1963.
Con esos antecedentes, fue casi
por ósmosis que el colectivo puertoplateño se sumó al resto del movimiento nacional en gestación, a partir
del contacto establecido por Juanchi Moliné, nativo de la ciudad y amigo de
varios de los miembros del comité.
Tras un
contacto preliminar, hacia el mes de septiembre, se determinó la visita a
Puerto Plata de Manolo Tavárez, principal organizador a escala nacional,
acompañado de Cayeyo Grisanty, coordinador de Santiago, y de Leandro Guzmán.
Tras ello, se selló el acuerdo tomado en el comité de Puerto Plata de
sumarse a los trabajos nacionales.
Los contenidos políticos que fueron
planteándose en lo adelante contribuyeron a solidificar esta integración,
como la adopción del programa de los
exilados del Movimiento de Liberación Dominicana. |