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También para
los primeros colonos ingleses el animal fue muy preciado. Aborígenes y
colonos tal vez vieron en ellos, animales de tiro y cabalgadura, el sentido
de independencia y riqueza que provee el transporte. Un caballo significaba
acortar distancias, ser libre, valerse por sí mismo –o por un animal que por
no poder protestar, no cuenta en la ecuación.
La metáfora
social es que los caballos fueron sustituidos por los automóviles. Este país
rinde un culto especial al animal de cuatro ruedas, como antes lo
hizo con el cuadrúpedo mamífero. Los norteamericanos, como casi nadie en
este mundo, buscaron siempre que cada ciudadano pudiera tener su propio
caballo, digo, automóvil, cuando nadie soñaba con ello. La razón: el norteño
es muy celoso de su autonomía, de su propia libertad, de valerse por el
mismo, de escoger hacia donde y cómo ir.
Un carro,
máquina o coche no es, en Estados Unidos, un lujo. Es una necesidad.
Vinculado el automóvil fuertemente a su cultura hace más de un siglo, en los
carros americanos suceden bodas y entierros, concepciones y muertes
–accidentales ambas-, confesiones y reservas, desfloramientos y eternas
solterías, atracos, conspiraciones y hasta asesinatos presidenciales. El
automóvil, como antes lo fue el caballo, es Estados Unidos –una lástima que
no aparezca, como en Venezuela, en la bandera: ¿discutirían en el Congreso
Americano si el corcel mira para la izquierda o la derecha? Por eso un
ciudadano sin automóvil en América, ¿qué es?
Después de
convertirse en el primer fabricante de automóviles del Mundo hacia las
década de los años treinta y cuarenta, las carreteras empezaron a hacerse
pequeñas, estrechas, y la ampliación de estas, los puentes para cruzar por
encima y los túneles por debajo, tejieron la red de asfalto más grande del
Planeta en la década de los cincuenta. Empezaban a surgir las autopistas,
sin olvidar su doble uso –en tiempos de guerra, algunas supercarreteras
pueden transformarse en pistas de aterrizaje de aviones.
El
expressway norteamericano es, en sí, una institución. En el pasa
un sexto o un séptimo de la vida laboral de cualquiera en una gran ciudad
de este País -¿hubo un tiempo en que las compañías pagaban travel time?
Al expressway hay que dedicarle todos los días entre una hora y hora
y media, mínimo.
Y en él,
como en la vida, suceden las cosas más simpáticas o tristes imaginables. Los
automovilistas proyectan sobre el timón todas sus angustias o felicidades;
en el expressway dan salida a cada una de ellas: adelantan
temerariamente o se atrasan –y atrasan a los demás- depresivamente,
arremeten contra el de adelante o se dejan pegar por el de atrás. No por
gusto en las grandes urbes norteamericanas están colocando cámaras de video
en las supercarreteras: hay que observar el comportamiento de los sujetos de
laboratorio en sus laberintos naturales.
El
expressway se resiste a cualquier predicción humana: no importa cuán
temprano o tarde salgas para el trabajo. Si tu condena es llegar tarde –o
temprano- el expressway te dirá la última palabra con un accidente o una vía
despejada. Por eso muchas personas dejan para ese momento el desayuno, la
pintura cosmética y las noticias. El expressway es una especie de
voluntad suprema que evade cualquier pronóstico.
Y allí van
los automóviles, uno detrás del otro. Uno sabe que a pesar de ser objetos,
los carros están manejados por seres vivos que van -¿pensando en el
expressway? - como uno, y se mueven lentamente, casi a rastras, quien sabe
hacia dónde, y cómo. La mayoría de los automóviles ya no son
norteamericanos; son japoneses, alemanes, coreanos. Y uno se pregunta en el
expressway si eso va con el espíritu de esta Nación, tan orgullosamente
celosa de sus automóviles y de sus carreteras.
Pero el tema
de los carros americanos quizás merezca un columneo aparte…
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