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Expressway

Por Francisco Almagro 

En las supercarreteras norteamericanas se reproduce, modélicamente, lo que sucede en la sociedad toda. Es una especie de metáfora histórica y social. Histórica porque lo que hoy son los automóviles fueron para los aborígenes de estas tierras los caballos –parte de la riqueza de una comuna o un jefe se medía en cantidad de caballos.

 

También para los primeros colonos ingleses el animal fue muy preciado. Aborígenes y colonos tal vez vieron en ellos, animales de tiro y cabalgadura, el sentido de independencia y riqueza que provee el transporte. Un caballo significaba acortar distancias, ser libre, valerse por sí mismo –o por un animal que por no poder protestar, no cuenta en la ecuación.

La metáfora social es que los caballos fueron sustituidos por los automóviles. Este país rinde un culto especial al animal de cuatro ruedas, como antes lo hizo con el cuadrúpedo mamífero. Los norteamericanos, como casi nadie en este mundo, buscaron siempre que cada ciudadano pudiera tener su propio caballo, digo, automóvil, cuando nadie soñaba con ello. La razón: el norteño es muy celoso de su autonomía, de su propia libertad, de valerse por el mismo, de escoger hacia donde y cómo ir.  

Un carro, máquina o coche no es, en Estados Unidos, un lujo. Es una necesidad. Vinculado el automóvil fuertemente a su cultura hace más de un siglo, en los carros americanos suceden bodas y entierros, concepciones y muertes –accidentales ambas-, confesiones y reservas, desfloramientos y eternas solterías, atracos, conspiraciones y hasta asesinatos presidenciales. El automóvil, como antes lo fue el caballo, es Estados Unidos –una lástima que no aparezca, como en Venezuela, en la bandera: ¿discutirían en el Congreso Americano si el corcel mira para la izquierda o la derecha? Por eso un ciudadano sin automóvil  en América, ¿qué es?

Después de convertirse en el primer fabricante de automóviles del Mundo hacia las década de los años treinta y cuarenta, las carreteras empezaron a hacerse pequeñas, estrechas, y la ampliación de estas, los puentes para cruzar por encima y los túneles por debajo, tejieron la red de asfalto más grande del Planeta en la década de los cincuenta. Empezaban a surgir las autopistas, sin olvidar su doble uso –en tiempos de guerra, algunas supercarreteras pueden transformarse en pistas de aterrizaje de aviones.

El expressway norteamericano es, en sí, una institución. En el pasa un sexto  o un séptimo de la vida laboral de cualquiera en una gran ciudad de este País -¿hubo un tiempo en que las compañías pagaban travel time? Al expressway hay que dedicarle todos los días entre una hora y hora y media, mínimo.

Y en él, como en la vida, suceden las cosas más simpáticas o tristes imaginables. Los automovilistas proyectan sobre el timón todas sus angustias o felicidades; en el expressway dan salida a cada una de ellas: adelantan temerariamente o se atrasan –y atrasan a los demás- depresivamente, arremeten contra el de adelante o se dejan pegar por el de atrás. No por gusto en las grandes urbes norteamericanas están colocando cámaras de video en las supercarreteras: hay que observar el comportamiento de los sujetos de laboratorio en sus laberintos naturales.  

El expressway se resiste a cualquier predicción humana: no importa cuán temprano o tarde salgas para el trabajo. Si tu condena es llegar tarde –o temprano- el expressway te dirá la última palabra con un accidente o una vía despejada. Por eso muchas personas dejan para ese momento el desayuno, la pintura cosmética y las noticias. El expressway es una especie de voluntad suprema que evade cualquier pronóstico. 

Y allí van los automóviles, uno detrás del otro. Uno sabe que a pesar de ser objetos, los carros están manejados por seres vivos que van -¿pensando en el expressway? - como uno, y se mueven lentamente, casi a rastras, quien sabe hacia dónde, y cómo. La mayoría de los automóviles ya no son norteamericanos; son japoneses, alemanes, coreanos. Y uno se pregunta en el expressway si eso va con el espíritu de esta Nación, tan orgullosamente celosa de sus automóviles y de sus carreteras.

Pero el tema de los carros americanos quizás merezca un columneo aparte…   

   

         

 

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